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La realeza europea, aunque presente, pasó a un muy anónimo segundo plano

La boda de la reconciliación y de la consagración de la clase media

Mayo 1, 2011
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Han pasado ciento dieciocho años desde la última boda del hijo primogénito de un Príncipe de Gales (el futuro Jorge V casado en 1893 con la Princesa May de Teck), pero ni el desgaste de más de un siglo ha podido con la Monarquía británica, ahora recién reinventada con la exitosa boda de los Cambridge en loor de las multitudes jubilosas apiñadas en el Mall como en los mejores tiempos.

Londres era una fiesta, la Abadía de Westminster estaba metamorfoseada en un hermoso bosque en el que se sentía presente el espíritu del Príncipe de Gales por su íntimo deseo de retorno a la naturaleza, la presencia ominosa de la difunta Diana no se dejaba sentir (salvo por los comentarios reiterados de la BBC), y todo en el ambiente olía a reconciliación (hasta sabemos que Kate desciende de una hermana de la infausta Ana Bolena).


Dudosa reputación de algunos invitados


Los Windsor pasaban página y, a pesar del cierto grado de frialdad sentido en la Abadía, volvían a unirse a su pueblo. Atrás quedaban los escándalos del Príncipe Andrés (amigo de pederastas y corruptos), las vergüenzas de Sarah Fergusson, las salidas de tono del Duque de Edimburgo, la dudosa reputación de algunos de los invitados y, sobre todo, los años difíciles en los que no se sabía que hacer con Diana. El barroco de la Monarquía británica -con sus músicas maravillosas-, devenía sobriedad pero sin perder un ápice de su magnífica liturgia, y la realeza europea, aunque presente, pasaba a un muy anónimo segundo plano en una ceremonia pensada para el exterior, para el pueblo británico y para el mundo.


Esa misma mañana Isabel II otorgaba a los novios el Ducado de Cambridge (por el que habíamos apostado en esta misma columna), históricamente impoluto y asociado a un Príncipe de buen recuerdo, el Condado de Streathearn, llevado por última vez por una hijo de la Reina Victoria, y la baronía irlandesa de Carrickfergus


Y así, investidos de títulos íntimamente ligados a la familia de Inglaterra, el Príncipe y Princesa Guillermo de Gales (su título oficial), acapararon toda la atención mediática en detrimento de los invitados al evento, que apenas fueron enfocados por la cámaras de la BBC por esa atávica insularidad británica que continúa considerando el resto de Europa como “el continente”.



La tiara de Kate


Entre tanto la confusión reinaba entre los medios de comunicación enloquecidos por identificar la tiara de Kate (profusamente confundida por los informadores), que no es otra que la denominada Scroll, un delicado diseño en diamantes realizado por Cartier para la difunta Reina madre y que la Reina Isabel prestó en el pasado a su hermana la Princesa Margarita y a su hija la Princesa Ana. Otros confundían al singular Rey de Tonga con Mohamed Al Fayed (“anatema” en Clarence House), y casi nadie reparaba en detalles menores como el aspecto ajado del Duque de Edimburgo, la imagen de una duquesa de Kent que parecía completamente perdida en la Abadía, el aspecto siempre más regio que el de ninguna otra princesa de María Cristina de Kent, el como siempre poco favorecedor traje de la Reina Margarita de Dinamarca, que la Princesa Lalla Salma no decidiese regresar a Marruecos tras el atentado, o los bellos y gruesos diamantes de la Princesa Máxima de Holanda.


Eso sí, imposible salir de la perplejidad ante la visión de los estrambóticos atuendos de las Princesa Eugenia y Beatriz de York, dignas hijas de Sarah Fergusson, a las que, sin embargo, la prensa británica declaraba auténticas protagonistas de la cena de gala la noche previa en el lujoso Hotel Mandarin.


Un extraño protocolo


En cuanto a reale
za se refiere, en Londres solo estaban los justos y hasta la lista oficial de invitados, que oficialmente concluía con Lady Flora Fraser, prima y gran amiga en su calidad de viuda de su primo Sir Alexander Ramsay, enviaba para siempre al anonimato a la mismísima Lady Patricia Mountbatten y a su hermana, Lady Pamela Hicks.


Atrás quedaba por tanto la larga cohorte de primos de las familias principescas alemanas y de las destronadas familias reales del mundo católico, y había que esforzarse con verdadero afán para reconocer a los pocos que tuvieron el honor de estar presentes: el Margrave de Baden, el landgrave de Hesse, el Príncipe de Hohenlohe-Langenburg, o la Condesa Irina de Schönburg-Glauchau.

Hasta la ubicación de los royals extranjeros en la Abadía seguía un extraño protocolo por el que Alberto de Mónaco, un soberano reinante, aparecía en tercera fila detrás del príncipe heredero de Serbia. Y es que en una boda real absolutamente despojada de tiaras y de bailes de corte que consagra a la clase media, la realeza de siempre, la verdadera, parece haber quedado suplantada por los Beckam y Mr. Bean

entrando en esa categoría de últimos dinosaurios de otros tiempos a los que, sin embargo, hemos echado de menos.

Ricardo Mateos