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EXCLUSIVA
Carmen Cervera contrató un servicio de seguridad privado la pasada Semana Santa

La Baronesa sabe quien le robó la CPU de su ordenador personal

Noviembre 20, 2009

Se instalaron cámaras de seguridad en todas las dependencias del chalé de La Moraleja

Un total de tres personas accedieron a su despacho con un portátil para grabar datos del disco duro

Una de las asaltantes denotaba un evidente estado de embriaguez

Los ladrones abandonaron la vivienda en una furgoneta con cara de satisfacción


Medianoche de un frío día del mes de marzo. Madrid luce lúgubre, como expectante. Una mujer de melena aleonada accede tímidamente a la casa que la Baronesa Thyssen posee en La Moraleja. No está sola. Dos siluetas masculinas, una más leída que la otra, le acompañan en la sombra. Los tres parecen conocer perfectamente donde se hallan. Sus movimientos hacen sospechar que no es la primera vez que se encuentran allí. No tienen dudas.
 
Pausados, pero firmes, avanzan en silencio aunque el tambaleo de la misteriosa dama denota un importante estado de embriaguez. Al otro lado de la puerta que abren con sigilo, una amplia habitación huele a libros y papeles. Es el despacho personal de la aristócrata. De las paredes cuelgan cuadros de alto valor económico y en las estanterías duermen apacibles documentos de vital importancia.
 
Improvisar sobre la marcha
 
La mujer de voluptuosa anatomía porta en sus gélidas manos un ordenador portátil. Es la herramienta que le servirá para guardar todos los datos que encuentren rebuscando en los archivos privados. En el escritorio de la estancia, descansa otra computadora. Es la que ejerce como refugio informático al que Carmen Cervera acude cuando necesita revisar cuentas personales y patrimonio. Los desconocidos sonríen cómplices. No han tenido demasiados imprevistos y encienden los ordenadores al mismo tiempo. Teclean instintivamente.
 
Algo ocurre. Demasiados datos. Nada hacía presagiar que intentar hacer una copia del disco duro del PC de la Baronesa iba a ser tan costoso. El tiempo juega en su contra. Algo nerviosos, urden un plan alternativo. No estaba previsto, pero deciden derribar la estrategia que habían preparado con anterioridad. Uno de ellos agarra fugazmente la CPU y la esconde entre sus pertenencias. ¡Por fin lo tienen! Sus temblorosas manos sostienen todo aquello cuanto desean conocer. Documentación certera y clarificadora que servirá, en caso de ser necesario, para poner entre las cuerdas a la dulce Cervera. Con paso ligero cierran la puerta a cal y canto y suben a la furgoneta que les conducirá hasta el mismísimo Paraíso: el de la felicidad.
 
Una cruel realidad
 
Pasan las horas. La viuda de Heini Thyssen llega a su domicilio tras varios días de ausencia. Hacía tiempo que rumiaba en su cabeza la idea de que alguien pretendía sonsacarle información comprometida sobre su patrimonio. Reforzó el sistema de seguridad que protege su vivienda para vivir tranquila, al igual que lo hicieron muchos otros famosos de casas poderosas. Demasiados atracos en los últimos años. Ese que intenta proteger a toda costa. No es tan fiero el león como lo pintan.
 
Una llamada telefónica rompe su aparente felicidad en mil pedazos. Alguien le informa de lo sucedido. Es posible que le hayan sustraído documentación que sólo ella debería conocer. Ella sabe quién es el auténtico responsable y llora de impotencia. Tiene todos los datos. Es consciente de todo cuanto ha ocurrido pero prefiere no señalar directamente. Carmen opta por guardar las apariencias y continuar con una vida que le amarga desde tiempos inmemorables. Ahora no necesita más complicaciones. La callada por respuesta.
 
Reconciliación familiar: una utopía
 
Pasan los días, las semanas y hasta los meses. El conflicto familiar que enfrenta a la Baronesa con su propio hijo –y con la mujer de éste- adquiere tintes neorrealistas. Las portadas de las principales revistas del corazón anuncian que Borja Thyssen reclama parte de la herencia que su padre adoptivo le dejó post mortem. Sus declaraciones no se hacen esperar. Ataviado con un traje de raya diplomática cuenta sobre sus verdaderas intenciones y advierte que si su madre no le hace entrega de lo que le pertenece, recurrirá a los tribunales. Es el momento del tira y afloja. Borja parece tener información que no deja nada al azar. Algo le respalda. Demasiadas tensiones. Es el momento más duro para Carmen Cervera. Ni en sus peores sueños imaginó que el conflicto cuasi bélico acabaría mutando en una de sus más amargas experiencias personales. Ni siquiera haber tenido que batallar para salir hacia adelante cuando era una auténtica desconocida le arañó el alma de forma tan cruenta.  
 
Poco tiempo después, la Baronesa Thyssen acude por primera vez a los Juzgados de Alcobendas para interponer una macro denuncia. Ahora sí quiere señalar, pero lo hace tímidamente. Sigue siendo madre. Sentada frente al funcionario que recoge su testimonio, Tita asegura que pretende quitar la careta al que mueve los hilos. No es del todo clara, pero pone sobre la mesa varios nombres propios. Prefiere que sean ellos quienes investiguen por su cuenta y riesgo. Su presencia allí pasa desapercibida para los medios de comunicación. No será la última vez que deba acudir a las instalaciones judiciales.
 
Primera hora del diecinueve de noviembre. Madrid amanece soleado, pero en los Juzgados de Alcobendas se masca la tormenta. Un carísimo coche, protegido por casi una decena de guardaespaldas se adentra en el garaje del centro. Es ella. La Baronesa llega velozmente para ratificar la denuncia interpuesta una semana antes. No hay vuelta atrás. La reconciliación familiar es prácticamente imposible.
 
Por Saúl Ortiz (saul@extraconfidencial.com)