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La nobleza española "llora" la muerte del marqués de Santa Cruz de Rivadulla

La ausencia de la casa real en el funeral de Alfonso Armada crispa a la aristocracia española

Diciembre 3, 2013

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“En suma”, declara el portador de un título nobiliario, “una familia estupenda, y un gran señor cuyo gran error fue ser demasiado leal al rey”
En la esquela publicada por la familia en el diario ABC, en la que, obviándose el cargo de general, se definía al difunto como “español, católico y monárquico” como una mención clara a su relación de años con el rey don Juan Carlos y a su voluntad de servir a la monarquía
Fue uno de los grandes cogollos de la gran sociedad aristocrática de nuestro país

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Olvidado por muchos, y retirado desde hace largos años en su bello Pazo de Santa Cruz de Rivadulla, en la localidad coruñesa de Vedras, para ocuparse con celo del cultivo de sus queridas camelias, la muerte este lunes pasado en Madrid de Alfonso Armada Comyn, el general del 23-F, ha sumido en el luto al gran clan aristocrático al que el difunto pertenecía. Y es que aunque mucho se ha escrito sobre Alfonso Armada desde aquel ya lejano 1981 en relación con su implicación en el fallido Golpe de Estado, pocos han reparado en sus orígenes aristocráticos como marqués de Santa Cruz de Rivadulla y en sus importantes conexiones familiares con la más rancia nobleza española.

Heredero de un marquesado del siglo XVII, el denostado general estaba casado con Francisca Díez de Rivera y Guillamas, una dama de importante estirpe hija de los marqueses de Someruelos, hermana de la condesa de Almodóvar, de la condesa de Alcolea del Torote, y de la marquesa de la Villa de Orellana, y pariente cercana de personajes como aquella Carmen Díez de Rivera que fue musa de la Transición, de su madre la marquesa de Llanzol, que fue amante de Serrano Súñer, o de la mismísima Natalia Figueroa, esposa del cantante Raphael, pasando por los condes de Romanones, los marqueses de Santo Floro, los duques de Pastrana, los duques de Villahermosa, los marqueses de La Romana, y un larguísimo etcétera de Revillagigedos, Alburquerques, y otros muchos. Es decir, uno de los grandes cogollos de la gran sociedad aristocrática de nuestro país. Sin olvidar que el propio Armada era hermano de la duquesa de Rivas, y de la condesa de Reparaz, y pariente cercano de otros grandes clanes como los Fernández de Córdoba o los Allendesalazar.

Una armada entroncada con la casa real

No se trataba, por tanto, de un general más sino de un buen conocedor de los entresijos más complejos de la nobleza española con la que sus numerosos hijos han vuelto a emparentar. Diez hijos de entre los cuales el mayor y heredero, Juan Armada y Díez de Rivera, tiene una empresa de elaboración de vinos y dirige en Internet la página Nueva Revista de Política, Cultura y Arte. Otro, Alfonso, es abogado y directivo de ARDIRISA, una empresa de alquiler de bienes inmuebles por cuenta propia a través de la cual se gestiona el patrimonio familiar. Otros dos son religiosos: Rafael, que es misionero; y Pedro, que es sacerdote jesuita y superior de la Compañía de Jesús en la ciudad de Gijón. Una de las hijas, Asunción, es esposa del actual duque de Tetuan, y otra de ellas, Victoria, es vicepresidenta de la firma LOSTREGO que es otra empresa gestora familiar dedicada a la adquisición, tenencia y enajenación de cualquier clase de inmuebles tanto de naturaleza rústica como urbana, y a la promoción inmobiliaria, en las provincias de La Coruña y Pontevedra.

“Todos ellos”, nos comenta un marqués buen amigo de la familia, “bien situados y bien casados”. “En suma”, nos dice el portador de otro título, “una familia estupenda, y un gran señor cuyo gran error fue ser demasiado leal al rey”. La misma persona que nos remarca la sutileza utilizada en la esquela publicada por la familia ayer mismo en el diario ABC, en la que, obviándose el cargo de general, se definía al difunto como “español, católico y monárquico” como una mención clara a su relación de años con el rey don Juan Carlos y a su voluntad de servir a la monarquía.

Hablar de política, un tabú

Tras el 23-F la gran nobleza se dividió en su relación con el general, y allí donde unos prefirieron alejarse y relegarlo al ostracismo, otros muchos se sintieron solidarios manteniendo su relación de siempre con Alfonso y con su esposa Paquita, que -si bien no se prodigaban mucho entre la sociedad-, sí que recibían con gusto a los viejos amigos que les visitaban en su pazo gallego pero, eso sí, siempre con la consigna de que allí no se podía hablar de política “pues él nunca hacía mención alguna a esas cuestiones”.

Se hace difícil saber quienes asistieron a la misa que se celebró ayer martes a las doce de la mañana en la Iglesia de San Isidro antes del entierro. En momentos en los que se levantan muchas voces críticas contra la familia real en el seno de la nobleza más clásica, habrán sido muchos los que hayan querido mostrarse solidarios con este gran clan aristocrático pero, “claro está”, nos declara alguien de la nobleza titulada, “serán muchos los que hayan preferido no hacer acto de presencia por no quedar mal ante la familia real que, sin duda alguna, no habrá enviado representación alguna”.

Ricardo Mateos