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En el juzgado en el que se celebró el juicio por presuntos malos tratos

Jaime Martínez Bordiú quiso más que palabras con Ruth Martínez

Febrero 27, 2009

En pleno juzgado, Jaime Martínez Bordiú intentó verse con la que fue su novia durante varios meses. El empresario y Ruth Martínez tuvieron que hacer frente a la denuncia que ella le interpuso por presuntos malos tratos.

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Los juzgados de Barcelona se colapsaron ayer de la cantidad de medios de comunicación que asistieron a uno de los juicios más esperados en el mundo del colorín: el que enfrenta a la cantante Ruth Martínez contra el empresario Jaime Martínez Bordiu. Me cuentan que fue un juicio realmente sorprendente en el que la catalana reiteró su declaración en la denuncia y aseguró haber sido maltratada por su ex pareja. Jaime, sin embargo, negó lo hechos y rompió a llorar ante la presión que parecía tener. Hubo momentos, además, de rubor extremo. Más que bochornoso resultó el momento en el que Jaime sacó de uno de sus bolsillos una cajetilla de caramelos de limón y los ofreció al fiscal y a la propia magistrada, que no daba crédito a lo que estaba presenciando. La fiscalía se mantuvo firme en la petición de cuatro años de cárcel.
Lo que pocos saben es que, tras el juicio, Martínez Bordiú tecleó el número de teléfono de Ruth en un sinfín de ocasiones. Quería verla. Un manantial de llamadas y mensajes de texto en los que Jaime le proponía algo más que una conversación en la trastienda de los juzgados. Parece empecinado en seguir queriéndola como si nada hubiera ocurrido. Es inevitable. Por sus venas corre tanta pasión que, incluso, cuando recibe llamadas desde números ocultos a altas horas de la madrugada, se pone en contacto con Ruth para preguntarle si ha sido ella. No la puede olvidar. No la quiere olvidar. Y, desgraciadamente, su alma se revuelve cada mañana cuando se mira en el espejo y  se encuentra frente a frente con la realidad. Seca lágrimas de sangre al darse cuenta de que está solo en un mundo que le viene grande. Sus ojos gritan desesperadamente pero nadie les escucha. Ni siquiera sus más allegados parecen dispuestos a tenderle una mano cuando más lo necesita. Podría haberlo tenido todo, pero ya no tiene nada. Incluso pide prestado dinero. Sería tan idílico que Jaime decidiera aferrarse a ese espíritu de lucha que siempre le ha caracterizado. Agarrar las riendas de su vida, ingresar en una clínica de desintoxicación y someterse a tratamientos para intentar rebajar el grado de peligrosa obsesividad. Nunca es tarde para arriesgar por la vida.