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Sale al mercado un nuevo libro de nuestro colaborador Juan Luis Galiacho sobre la vida de Isabel Preysler y Miguel Boyer y su relevancia en la vida política, social y económica de España

Isabel Preysler “huyó” de España para tener a su hija Chábeli ante el escándalo de un embarazo prematuro durante el franquismo y además con el cantante del régimen, Julio Iglesias

Mayo 18, 2014
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El nuevo libro de nuestro colaborador Juan Luis Galiacho titulado “Isabel & Miguel:50 años de historia de España”, publicado por la Editorial La Esfera de los Libros, ha salido al mercado y se espera sea un nuevo best seller del jefe de investigación de este periódico digital. Seguro que no dejará a nadie insatisfecho. Es, sin duda, un libro periodístico que aborda los cincuenta últimos años de Historia de España. Pero puede también leerse como un «culebrón» en el que el amor, el lujo, el dinero, el escándalo y las infidelidades se dan cita a través de dos figuras clave de la reciente historia de España: Isabel Preysler y Miguel Boyer.

Su autor, Juan Luis Galiacho, profundo conocedor del mundo de la gente guapa, nos cuenta con todo lujo de detalles la intensa relación entre Isabel y Miguel. Ella, una bella y misteriosa mujer oriental, sin mérito conocido, que conquistó al cantante Julio Iglesias y más tarde al aristócrata marqués de Griñón antes de enamorarse del entonces superministro socialista. Él, un economista y científico racional, ateo y antifranquista, que acabó convertido en una de las máximas figuras de la beautiful people de los ochenta y, hoy, en un hombre enfermo.

Isabel y Miguel, una crónica de dos familias antagónicas y la particular hoguera de vanidades

Junto a ellos aparecen la alta sociedad, los ricos, los trepadores de toda clase y condición, famosas despechadas, figuras del poder político, todo ello aderezado con los secretos de alcoba que influyeron en las decisiones de Moncloa. Un cóctel de advenedizos y apellidos de toda la vida ˗Cortina, Alcocer, Azcárate, Martínez-Bordiú…˗ que nos muestran cómo se vivía en aquella España de ilusiones y corrupción, donde los escándalos políticos y económicos hicieron caer tantos mitos. Isabel y Miguel es la crónica de dos familias antagónicas y la particular hoguera de vanidades de un tiempo apasionante de nuestro país.

Este el extracto del inicio de uno de los relevantes capítulos de este libro donde se cuenta como Isabel Preysler “huyó” de España para tener a su hija Chábeli ante el escándalo de un embarazo prematuro durante el franquismo y, además, con el cantante del régimen, Julio Iglesias.

Extracto del capítulo de la huida de Isabel a Portugal

Estoril. Portugal. Verano de 1971. Isabel Preysler había salido con prisas de Madrid. Había que buscar un lugar seguro fuera de España alejado del mundanal ruido y de los posibles comentarios difamatorios sobre un posible embarazo ocurrido meses antes de contraer matrimonio eclesial con Julio Iglesias. Por eso la joven filipina se encontraba pasando unos días junto al mar en esta bella localidad de la costa atlántica portuguesa, una freguesia (pedanía) del concelho de Cascais, una histórica villa situada relativamente cerca de Lisboa. Ese era el lugar escogido por ella y el cantante para tener “en secreto” a su primera hija. Había que preservar, por encima de todo, la carrera musical de Julio Iglesias. Máxime siendo un ídolo musical en un régimen franquista conservador y católico al cien por cien, donde el aborto no estaba permitido y ser madre soltera se consideraba una deshonra que marcaba para toda una vida. Esta situación nada conveniente fue lo que había precipitado la boda de Isabel con Julio Iglesias, a pesar de que la filipina de entrada, según cuentan sus amigos, no estaba por la labor de contraer matrimonio y prefería irse de España y tener a la niña sin firmar ningún tipo de compromiso. Sin embargo, finalmente decidió casarse con Julio Iglesias, evitar el escándalo y tener después a la niña. En esto último no tenía duda alguna, dadas sus firmes creencias religiosas aprendidas desde su niñez en el Colegio de la Asunción de Manila.
Todo ocurrió durante las navidades de 1970. Aquel jueves 31 de diciembre, España se vio azotada por una de las olas de frío más intensas del pasado siglo y Madrid amaneció con temperaturas bajo cero. Pero, también con una noticia que ocupaba las portadas de todos los periódicos: la conmutación de pena de los miembros de ETA condenados a muerte en Burgos. Julio Iglesias acababa de regresar de Londres, donde había grabado uno de sus primeros álbumes de su ya triunfante carrera musical. Sólo hacía dos años que, sorpresivamente, había ganado el Festival de Benidorm y era ya uno de los cantantes de moda.
 

Fue a su regreso cuando su novia, Isabel, le comunicó oficialmente que estaba embarazada. Julio se emocionó porque ciertamente estaba enamorado de aquella joven que había conocido en una fiesta unos meses antes. Y así, con esa alegría de padre primerizo, llegó a la casa familiar, en el barrio madrileño de Moncloa, donde vivían sus padres, el doctor Julio Iglesias Puga y María del Rosario de la Cueva y Perignat, junto a su hermano menor Carlos. Nada más llegar y saludar a los suyos, Julio se dirigió a su padre y le dijo:

 

 –     Papá, tengo que hablar contigo.

       ¿Qué ocurre, Julito? ¿Algo grave?

Y se dirigieron al despacho del padre donde, según contaría el propio Julio a sus amigos más íntimos, se produjo una conversación similar a ésta:

       Dime, hijo, ¿qué pasa?

       Papá, ha ocurrido algo.

       Dime.

       …Pues… que Isabel se ha quedado embarazada.

Se hizo un silencio durante el que el doctor Puga midió su enfado y decidió no darle salida. Prefirió ser práctico y sopesó la solución.

       Desde luego, no es la situación más conveniente ni la que hubiera deseado para ti… Estoy seguro de que a tu madre le va a disgustar mucho… sin embargo, poco se puede hacer, no hay muchas opciones.

       Lo sé…

       Más hubiera valido que lo hubieras tenido en cuenta en su momento… pero, en fin… ahora no podemos retroceder en el tiempo… ¿qué es lo que habéis decidido, abortará Isabel o pasaréis por la vicaría?

       Por favor, papá,… no hables así… no es fácil… hemos hablado mucho y… ninguno de los dos se plantea el aborto…

       Pues entonces… no queda otra que la Iglesia. Os casáis y punto.

       No sé… no lo tenemos tan claro… no nos viene bien… yo estoy lanzando mi carrera y tengo muchos compromisos… no es un buen momento… tendré que viajar… no quiero estar limitado… Además, Isabel tampoco tenía en mente casarse.

       Pero ¡qué excusas son esas!, ¡qué estás diciendo! Mira, Julio, no me cabrees más, esto es lo que hay, toca fastidiarse… y si no, ¡haberlo pensado antes, que los dos ya sois mayorcitos! (Julio tenía en ese momento 27 años e Isabel sólo 19).

       Pero papá…

       No, hijo no, no sigas por ahí. Si el compromiso es malo para tu carrera es peor la alternativa. Si no os casáis, ella tendrá que marcharse de este país… ser madre soltera en esta España de hoy es inconcebible, os arruinaría la vida. A ti y a ella. Así que… o boda o exilio.

Julio bajó la cabeza en señal de acuerdo con las razones de su padre.

       Está bien, papá. Hablaré con Isabel.

       Pues habla con ella. De momento, yo voy a hablar con tu madre. Habrá que empezar con los preparativos…

Aquella cena de Nochevieja en casa de los Iglesias se celebró con cierta tensión. Además de hablar de la boda de Julio con su novia filipina hubo tiempo para comentar la gran noticia de la jornada. Al doctor Iglesias, un convencido hombre de derechas, le gustaba la política. La noche anterior había escuchado el discurso de fin de año de “Su Excelencia, el Jefe del Estado y Caudillo de España”, el General Franco. Un discurso que había sorprendido a los españoles por su gesto de magnanimidad desconocido hasta la fecha. Así, mientras esperaban a que sonaran las doce campanadas en el reloj de la Puerta del Sol, el doctor Iglesias Puga puso sobre la mesa el periódico catalán La Vanguardia Española de aquel día y leyó el texto que venía destacado en portada con el título de “Franco, El Magnánimo”, sobre una gran instantánea suya firmada por el veteranísimo fotógrafo Campúa. Aquel texto decía:

“Francisco Franco, Caudillo de España, firmó ayer el indulto de las nueve penas de muerte a que habían sido condenados seis de los encartados en el consejo de guerra sumarísimo de Burgos. El enorme escándalo internacional que habían provocado los enemigos de España en torno a este asunto, se ha deshecho, por tanto, de un solo plumazo. Franco ha escuchado las voces de clemencia que en España se habían alzado en petición del indulto”.

El doctor Iglesias Puga no pudo por menos que sonreírse al terminar de leer el editorial del periódico barcelonés de La Vanguardia Española donde se decía que: “a estas alturas de su misión histórica, al frente de un pueblo cristiano y bravamente apasionado por su independiente libertad, el Caudillo no necesita ya más títulos de veneración, pero su gesto soberano y magnánimo, como feliz augurio de un año y de muchos años de paz, acrecienta el afecto a su persona y la admiración a sus virtudes”. Él era un español de los pies a la cabeza y le gustó que los catalanes pensaran de su misma manera.

Pero esa noche, a Julio Iglesias, ni la política ni las reflexiones de su padre le importaban mucho. Estaba ausente, sólo pensaba en la decisión que acababa de tomar y en las repercusiones que iba a tener en su carrera. No se lo podía creer, ¡casarse! Tendría que reunirse lo antes posible con Isabel para encontrar el lugar más idóneo para celebrar la boda de acuerdo a sus intereses. Esa misma noche, la exótica filipina estaba celebrando la cena de Nochevieja en casa de su tía Teresa Tessy Arrastia y de su compañero, el diplomático Miguel Pérez Rubio, situada en el número 151 de la entonces Avenida del Generalísimo, hoy Paseo de la Castellana. Cuentan sus amigos que a Julio no le hicieron falta muchos preámbulos pues cuando le habló del asunto, ella ya había llegado a la misma conclusión tras mucha meditaciones y la aceptó con alegría. Inmediatamente, sin pensar en la hora que en aquellos momentos sería en Manila (7 horas más) marcó el número de teléfono de Betty Arrastai, su madre:

       Hola, mamá. Felicidades.

       Qué alegría, hija, no esperaba tu llamada, como hablamos ayer tarde. Dime, ¿cómo llamas a estas horas? ¿ocurre algo?

       Mamá, tengo que darte una gran noticia: ¡me caso!

       Pero… ¿cómo así?

       ¿No te alegras, mamá?

       Sí, hija, claro… sólo que es una sorpresa… Cariño, me alegro mucho.

       Gracias, mamá. Pero… no sé…

       ¿Qué pasa, hija? ¿Tienes dudas?

       No, no… sólo que… que tengo sólo 19 años… Es algo pronto, ¿no?

       Pero hija… no te preocupes por eso, no es importante. Yo también me case a tu edad.

       Ya, ya lo sé, pero los tiempos han cambiado… en fin… bueno, eso ya no importa.

       Y dime, ¿habéis fijado ya la fecha de la boda?

       No, todavía no, pero la familia de Julio piensa que debe ser cuanto antes…a ser posible este mismo mes. Es mejor que vayáis preparando todo con cierta prisa. Y díselo a papá…. si puedes….

       Está bien… hablaré también con tus hermanas…

Y así fue, porque la boda se fijó escasos días después, el 20 de enero del año 1971. A ella finalmente no acudió el padre de Isabel, disgustado y apenado. No erapartidario de la boda de su hija con un cantante al que nadie aún conocía allende de los mares. De la boda, celebrada en Illescas (Toledo) ya se ha hablado en otro capítulo. El siguiente paso para la pareja fue preparar una coartada para el nacimiento de la primogénita que debía ser lo más coherente posible. Unas vacaciones tranquilas en la costa de Portugal fue la excusa buscada para que Isabel saliera ese mismo verano de la capital de España. Por entonces, no era fácil viajar de un lugar a otro con rapidez, ni siquiera al país vecino. Por suerte, las noticias tampoco se difundían con la velocidad de hoy en día. Planearon simular que la niña era prematura, sietemesina, y que se había adelantado casi dos meses a la fecha pronosticada por una imprevista enfermedad de Isabel. Debían de evitar a toda costa que algún medio de comunicación se planteara todo lo contrario. Gracias a sus influencias con el régimen, todo estaba controlado y con los periodistas amigos más aún.

Así, el 3 de septiembre de 1971, tan sólo siete meses y escasos días después de su boda (20 de enero), nació su primera hija, María Isabel, conocida como Chábeli, en el Hospital Nuestra Señora de Cascais, en Portugal. A pesar de su presunta prematuridad, nació con tres kilos y trescientos gramos de peso. La nota de prensa estaba ya redactada:
 

“Pese a los pronósticos, Chábeli se adelantó casi dos meses a la fecha prevista debido a una afección nefrítica que sufrió Isabel cuando pasaba unos días en la aristocrática ciudad portuguesa de Estoril mientras Julio estaba cantando en Albacete”.

 

Pero a pesar de la versión oficial, no faltó quien dudó del hecho y lo asoció a la precipitación con que se celebró la boda y las sospechas de la propia madre de Julio, Charo de la Cueva que, cuando conoció la noticia de la boda, supuso que la cigüeña estaba ya en camino. De ahí el viaje a Portugal para dar a luz y evitar comentarios.

 

El día del parto Isabel estaba sola, aislada, apartada y sin su marido. Era el principio de su devenir con el cantante. Ni siquiera acudió a ayudarla en el alumbramiento el doctor Iglesias Puga, el padre de Julio, que si le asistió en los otros dos partos de sus hijos varones, Julio José y Enrique, ya en Madrid. Por entonces, el autor de Gwendoline se encontraba de gira en Albacete actuando en el Gran Pabellón, días antes de la famosa feria septembrina de la capital manchega. “Cuando nació Chábeli -cuenta Isabel-, tardé un día en encontrar a Julio para comunicárselo. Tardó otro día en llegar a Estoril, donde nació la niña, y luego sólo pudo estar con nosotras media hora”. El bautizo se celebró en la capital de España días después y allí actuaron como padrinos la hermana mayor de Isabel, Victoria, y su tío paterno, Carlos Iglesias. (…)

 

Muchos de sus seguidores no le perdonaron su precipitada decisión de casarse, sin saber quizá la verdad biológica que provocó la rapidez de su enlace. Fue entonces cuando por primera vez Isabel comenzó a despertar las envidias del público aunque con el tiempo le serían muy rentables. Todos se preguntaban quién era esa belleza oriental que había seducido a Julio Iglesias. ¿De dónde venía? ¿Cuál era su currículo? La opinión pública sólo había visto las fotografías de la boda, en las que Isabel lucía un traje blanco radiante del modisto Pedro Rodríguez, regalo del novio. Pero poco más se sabía de ella. Sólo que era una guapa chica filipina. Y aún se tardaría un tiempo en descubrir hasta qué punto Isabel Preysler estaba dispuesta a conseguir que se perpetuara su recién adquirida fama.

Juan Luis Galiacho

juanluisgaliacho@extraconfidencial.com