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La cantante ofreció dos multitudinarios conciertos en la ciudad condal

Isabel Pantoja emborrachó a Barcelona

Julio 14, 2008

Ajena a los rumores, la cantante Isabel Pantoja volvió a brillar sobre el escenario. El pasado fin de semana ofreció dos conciertos en los que no faltaron la complicidad con el público y la entrega desmedida.

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El reloj marcaba las diez del sábado noche. Inesperadamente, el cielo de Barcelona dejó de llorar bravuconamente después de horas de terrible enfado. El Auditorio de la ciudad, en el que se agolpaban miles de personas con marcado acento festivo, olía a flamenco y azahar. Espontáneos enérgicos, melómanos apacibles y mujeronas de aspecto sensiblón, gritaban su nombre mientras aplaudían efusivamente. Las luces que iluminaban el lugar se apagaron al mismo tiempo en que dos blanquecinos focos aguardaban en la parte izquierda del escenario. Ataviada con un elegante vestido blanco, Isabel Pantoja reapareció en el escenario en el que horas antes había estado realizando pruebas de sonido. Boleros de ayer y de hoy sonaron durante la primera parte de la actuación, hasta que Pantoja volvió a salir al escenario vestida con un colorido traje de gitana para interpretar el flamenco más desgarrado. Sin embargo, gustó la tercera parte del concierto, pues Isabel, engalanada con un favorecedor vestido, cantó a todo pulmón, acompañada de dos guitarristas y unas coristas que lograron emocionar. El “bésame mucho” flamenco sirvió para reconciliarse con el mundo.
 
Natural sobre las tablas
 
Tuvo palabras de afecto para Justo Molinero, gravemente enfermo desde hace unos meses, con el que comparte una relación por encima de lo laboral. Han pasado muchos años desde la primera vez en la que Isabel fue contratada para ofrecer un recital sobre los escenarios: “Le he prometido que le dejaré tan bien como siempre. Desde aquí le mando un fuerte beso”. Sorprendió que decidiera transformar la letra de la canción “Así fue”, cambiando un ‘no’ por un ‘sí’: “Le he dicho que sí, le he dicho que sí” cantó con voz firme. Isabelita irradiaba felicidad. Su mirada reía a carcajadas mientras sus seguidores le agasajaban con vítores y ovaciones: “viva la madre que te parió”, “como tú no hay otra igual”, “Barcelona está contigo”, repetían. Muchos hubieran dado su vida por abrazarla, besarla y acariciarla. Casi al finalizar el concierto, que terminó con la ya mítica “Salve Rociera”, Isabel encajó con humor que la petaca de su micrófono terminara en el suelo. Tanto, que decidió cambiar la letra del tema que interpretaba en ese momento para añadir la palabra “petaca” en la canción.
 
En la intimidad
 
Después de tan agitado concierto, me reencontré con la Isabel amiga, esa que tiende su mano y te enseña a caminar. La Pantoja que nunca falla, la que te abraza con el corazón y te mira con el alma. La cantante que comprende tus miedos, la que siente y la que ama. La mujer que eclipsa a la artista con tan sólo un gesto. Y, como siempre, Isabelita no estaba sola. Un apoyo incondicional, sin intereses ocultos ni oscuros objetivos, la protegía desde la cercanía. No hierro al asegurar que Fosky, baluarte de la lealtad, es –y será in eternum– uno de los hombros en los que Isabel se ha apoyado en tiempos de tormentón personal. Ni siquiera cuando moría a chorros de impotencia, Fosky le dio la espalda. Los que le conocen aplauden su caballerosidad y templanza. Enamora que todavía haya quién apueste por la amistad sin dubitaciones ni prejuicios. Y más en este caso. Por muy larga que sea la noche, siempre hay un amanecer.
 
Por Saúl Ortiz