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Hay quien que considera que la endeble demanda de la ciudadana belga habría sido admitida a trámite a sabiendas de que no llegaría a ninguna parte para, con ello, cerrar la puerta a otras posibles demandas, acaso más sólidas, que pudieran aparecer en el futuro

Ingrid Sartiau: la demanda de los disparates de paternidad de Juan Carlos I

Marzo 11, 2015

Albert Solá, que se considera sujeto a indefensión, ya ha remitido un Recurso de Amparo al Tribunal Constitucional al tiempo que su representante legal -a quien da voz cierta prensa independentista catalana-, aduce que en su caso debería de haberse aplicado el Código Civil de Cataluña, ya que su cliente ostenta el vecinaje civil catalán
 

Ahora parece que, si en un principio una de las versiones del primer encuentro entre el entonces príncipe y Liliane Sartiau fue su coincidencia en Bruselas en la residencia de los príncipes belgas de Merode donde ella trabajaba de gobernanta de los hijos de la familia, se transforma en que ella habría trabajado en el castillo francés de esa familia principesca cuando solo contaba 15 años y vio pasar por allí fugazmente a don Juan Carlos


Finalmente, y como era de esperar, el pleno de la Sala Civil del Tribunal Supremo ha decidido archivar la demanda de paternidad que la belga Ingrid Sartiau había interpuesto contra el rey don Juan Carlos I. Una demanda que el propio fiscal José María Paz se había mostrado muy reticente a aceptar desde el primer momento por no acabar de verle el sentido dadas las muchas inconsistencias argumentales de la propia interesada, probablemente mal asesorada por su abogado, Jaume Pararols, en quien algunos ven un claro afán de protagonismo en todo este asunto. De hecho el gerundense Albert Solá, que también reclama la paternidad del rey emérito por motivos distintos, ya estuvo representado en 2012 Pararols para acabar prescindiendo de sus servicios aduciendo “que había presentado una demanda de cuatro páginas, muy sucinta, sin jurisprudencia, y con faltas de ortografía”.

Así es que se entiende bien que la demanda de Ingrid Sartiau haya tenido una vida tan corta como ya anticipábamos en Extraconfidencial.com, y haya sido fácilmente contestada y desmontada por los abogados del rey emérito que no debió de sentir en ningún momento grandes temores por esta cuestión. Todos los argumentos eran pobres de inconsistentes entrando en gruesas contradicciones (versiones distintas de los particulares de la hipotética relación de Liliane Sartiau con don Juan Carlos), baile de fechas, faltas evidentes de información y de las mínimas pruebas, nulo entendimiento de los movimientos del entonces príncipe en los años 60 y, para complicarlo aún más, el apoyo de un príncipe a todas luces falso y sumado al de otro supuesto hijo extra matrimonial de don Juan Carlos, también llamado Felipe,que trabajaría actualmente para la Casa real pero a quien nadie ha sabido identificar ni encontrar en el complejo entramado administrativo de Zarzuela y cuya sola mención deja perplejos a algunos familiares del rey emérito con los que hemos podido hablar.

Las locuras del abogado de Liliane Sartiau    

Ahora parece que, si en un principio una de las versiones del primer encuentro entre el entonces príncipe y Liliane Sartiau fue su coincidencia en Bruselas en la residencia de los príncipes belgas de Merode donde ella trabajaba de gobernanta de los hijos de la familia, se transforma en que ella habría trabajado en el castillo francés de esa familia principesca cuando solo contaba 15 años y vio pasar por allí fugazmente a don Juan Carlos. Pero ni se precisa de qué miembros de la extensa familia Merode se trata, ni de en cuál de sus numerosos castillos franceses habría tenido lugar. ¿Acaso en el castillo de Trélon, propiedad del príncipe Philippe; en el de Kerdaniel, propiedad del príncipe Philibert; o en el de Serrigny, propiedad del príncipe Florent? Imposible de saber caso de haber sido cierto.

Pero más gruesas aún son las recientes declaraciones del abogado de Ingrid Sartiau, según el cual -tras tres años de investigación-, él estaría en posesión de pruebas según las cuales don Juan de Borbón, conde de Barcelona, no habría sido hijo biológico del rey Alfonso XIII. Una afirmación que posiblemente pretende incomodar a don Juan Carlos, habida cuenta del respeto que siente por la figura de su padre, y un disparate mayúsculo que evidencia el nulo conocimiento tanto de la personalidad de ese rey como de la de su esposa, la princesa Victoria Eugenia de Battenberg,y de las vicisitudes y circunstancias de ese matrimonio conocidas de sobras por historiadores de probada seriedad. 

Recurso por supuesta indefensión 

Concluye y se archiva así este caso que ha dado tanto que hablar, pero cuya admisión a trámite en primera instancia da pábulo a que puedan sacarse conclusiones como la de Francesc Bueno, abogado del abandonado Albert Solá Jiménez, que semanas atrás declaró “han admitido a trámite una demanda que no se sostiene y que no prosperará para dar buena imagen de la Justicia”. Por el momento, Albert Solá, que se considera sujeto a indefensión, ya ha remitido un Recurso de Amparo al Tribunal Constitucional al tiempo que su representante legal -a quien da voz cierta prensa independentista catalana-, aduce que en su caso debería de haberse aplicado el Código Civil de Cataluña, ya que su cliente ostenta el vecinaje civil catalán, para el que no se requiere presentar ningún indicio de prueba hecho por el cual su demanda debería de haber sido admitida a trámite pues de otro modo deja a su representado en “déficit de tutela”. 

Pero también hay quien que considera que la endeble demanda de la ciudadana belga habría sido admitida a trámite a sabiendas de que no llegaría a ninguna parte para, con ello, cerrar la puerta a otras posibles demandas, acaso más sólidas, que pudieran aparecer en el futuro. Lo cierto, en cualquier caso, es que ya en 2002 nadie se atrevió a asistir legalmente la disparatada reclamación de paternidad que por entonces hizo en la prensa la francesa nacida en Argel, Marie José de la Ruelle, que se pretendía hija de don Juan Carlos y de la princesa María Gabriela de Saboya.  

Ricardo Mateos