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Los escándalos persiguen al conocido abogado de los famosos, Javier Saavedra

“Hay que prepararlo todo, incluso qué hacer si nos pilla la policía”

Octubre 15, 2007
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La fama cuesta, y mucho. Ya lo decía Debbie Allen en la mítica serie que no sólo emocionó sino que también encandiló. Algo parecido le está ocurriendo a Javier Saavedra que en estos días anda inmerso en una polémica algo más turbia de lo que podría parecer. Está como imputado en un controvertido caso que se instruye en el Juzgado nº31 de Alcobendas tras presentarse una querella criminal por un supuesto delito de amenazas. Todo está relacionado con una serie de grabaciones, realizadas con micrófonos ocultos o grabadoras de voz, que llegaron a manos de la policía.

Cinta delatora

Circula con bastante celeridad una copia clandestina del material en cuestión a la que ha tenido acceso este periódico en primicia. Se trata de una nítida grabación en la que, presuntamente, el abogado Javier Saavedra urde una trama métricamente planteada para conseguir amedrentar, hasta el límite, a una persona que tiene en su poder unos documentos que podrían ser de vital importancia, a tenor del interés con el que, presuntamente, el famoso letrado se refiere a ellos durante la agitada conversación que mantiene con un segundo interlocutor al que llama Valerio y que parece ser su chófer habitual, proveniente de una ciudad del Este.
En la cinta, que contiene más de cuarenta y cinco minutos de delictivas revelaciones, se suceden los preparativos para zurrar a quien tiene en el punto de mira. Para ello, presuntamente Saavedra, se interesa por los servicios de un sicario con el que, al parecer, Valerio tiene cierta relación, pues le encomienda que le pregunte a cuánto puede ascender un servicio considerado casi de emergencia, pues tiene la intención de llevar a cabo su plan durante los próximos días. Tras conocer que la paliza tendría un coste máximo de 1.300 euros (consigue que se le aplique un descuento de 200 euros) decide ultimar los detalles de un escrito que se haría entrega a la víctima antes de la agresión, lo que podría parecer, en un primer momento, un abominable intento de extorsión.
 

Mira al pajarito

Sin embargo, un inconveniente –quizás no inesperado- aparece cuando todo parecía estar casi atado. La identificación de la víctima debía hacerse con total escrupulosidad para evitar errores que pudieran incriminarles todavía más, por lo que, presuntamente, Javier Saavedra invita a su acompañante a acudir a una ceremonia eclesiástica que se celebraría a principios del mes de junio, y a la que también estaría invitada la persona a la que, días más tarde, se debería agredir. Allí, Valerio tendría que realizar unas fotografías en las que se consiguiera ver con meridiana claridad a la persona en cuestión. Pese a todo, el chófer debería seguir sus instrucciones y disfrazarse con una gorra y unas gafas de sol para evitar ser reconocido por los allí presentes: “Ten cuidado, no te vayan a reconocer y vayan a decir que eres el chófer de Javier Saavedra”. Eso sí, ante lo complicado del caso, el primer interlocutor esgrime que se tiene que, pase lo que pase, se tiene que tener todo organizado: “Hay que prepararlo todo, incluso qué hacer si nos pilla la policía”. Se desconoce si finalmente consiguieron lo que estaban buscando, aunque semejante documento sirve para demostrar que la voz que presuntamente representa a Javier Saavedra tiene aficiones algo más que indescriptibles: “me encantan las estafas” reconoce sin pudor.
 

Posible ursupación de la voz

Tras escuchar atentamente el contenido de la cinta, me puse en contacto con el propio letrado Javier Saavedra, a quien se apunta como responsable de semejantes revelaciones. Su voz sonaba algo titubeante e incluso irritada y decidió cortar la comunicación en hasta dos ocasiones. A la tercera –era necesario conocer su visión sobre este peliagudo asunto- Javier Saavedra optó por asegurar que nada tenía que ver con esta grabación: “No es mi voz, qué quieres que te diga. Seguid divirtiéndoos”. En fin, sólo la justicia podrá tomar una decisión. Por el momento, es un derecho constitucional la presunción de inocencia por la que también nosotros abogamos.
 

Por Saúl Ortiz