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EXCLUSIVA
Las mil y unas noches del hijo menor del dictador libio en España, uno de los miembros de la familia que huyó a Argelia

Hannibal Gadafi se pulió 100 millones de las antiguas pesetas en unas vacaciones

Septiembre 4, 2011

Entre prostitutas, suites, compras, copas, discotecas, y otros lujos, más de la renta per cápita anual de un libio con trabajo, considerada una de las más altas de África

Sólo en guardaespaldas se gastaba más de dos millones de pesetas semanales

Entre sus gastos estrafalarios estuvo comprar miles de discos de Niña Pastori, su cantante favorita


No todos los miembros de la familia del dirigente libio Muammar el Gadafi parecen tener madera de héroes, como se está viendo en el conflicto armado que vive Libia. Saif al Islam Gadafi, hombre fuerte del régimen, el que parece ser la mano derecha del dictador, asegura que están “vivos“, lo que podría ser una alusión al estado de su padre, en paradero desconocido. Dice también que las tribus siguen apoyándolo: “La victoria está cerca”, anuncia, no se sabe a quién. Otro hijo, Saadi, ha asegurado a la televisión emiratí Al Arabiya que se entregaría a los rebeldes si con esto lograra detener el baño de sangre. “Si entregarme detuviera la sangre, me entregaría“, decía al tiempo que comentaba que desde el comienzo de la guerra él no intervino. “Los revolucionarios son nuestros hermanos“, asevera y ha agregado que no tendría ningún problema en entregarles el poder. Se nota que su padre debe estar perdido en el laberinto de túneles de palacio para que pueda decir todo eso, o el hombre es muy precavido y más vale curarse en salud ante lo que parece venírsele encima.

 

El más listo parece ser Hannibal, el hijo menor del coronel, quien por si las moscas (rebeldes), decidió poner tierra por medio, largándose la semana pasada a Argelia, junto a la segunda esposa de Gadafi, Safia, a quien acompañaban otros dos de sus hijos, Mohamed y Aisha, así como algunos de sus nietos, más uno que le ha dado Aisha nada más pisar suelo argelino.

 

Gusto por España

 

De haber podido, al exilio argelino quizás hubiera preferido España, donde el mozo, marino mercante, que era consultor en la agencia de transporte de combustible de papá, vivió hace unos  veranos una versión actualizada de las Mil y Una noches, no precisamente en plan reconquista de Al Andalus, sino para disfrutarlo a fondo. Todo ello previo pago de su importe: unos 100 millones de pesetas (digámoslo en esta vieja moneda, que suena mejor la barbaridad para todas las generaciones). Juergas que siguió de cerca este cronista. El mozo se pulió más de un millón al día, entre putas, suites, compras, copas, discotecas, y otros lujos, más de la renta per cápita anual de un libio con trabajo, considerada una de las más altas de África.

 

Nunca habló de política, dijo que él no tenía vocación, al contrario que su hermano mayor Motasem, a quien se señalaba como sucesor de su padre. Lo poco que dijo fue premonitorio: ” Motasem no será el futuro líder. Nadie puede suceder a mi padre. Quizás dentro de cien años surja alguien como él, pero hoy no existe”

 

Hannibal, un chicarrón de 1.90 metros de estatura, se dio una vuelta de más de tres meses por Madrid, con escapadas a Marbella e Ibiza –no parece tonto el chico a la hora de elegir destinos-, viviendo en hoteles de lujo, rodeado de mujeres espectaculares, con fiestas hasta el alba. Francachelas salvajes, eso sí, custodiadas por un equipo de guardaespaldas privados que le costaban a su poderoso papá unos dos millones de pesetas a la semana. El hombre debió pensar que con eso no iban a peligrar las reservas libias de gas y petróleo.

 

Suites, Porche y mujeres

 

La suite del hotel en Madrid (el Villamagna, en la Castellana), ciudad donde recalaba preferentemente con escapadas cortas a las zonas costeras, le costaba 250.000 pesetas diarias. Eso sí, el hombre le daba uso apropiado, pagar tanto dinero para echar una cabezada hubiera sido un derroche, un lujo exagerado. Cada noche, cuando Hannibal recalaba con un Porche marrón oscuro, matrícula de Malta, a las puertas del club de alterne D’Angelo, donde acuden despampanantes mujeres de compañía, el local vivía una revolución interna para ver a cuántas seleccionaba el amante libio. Habitualmente se llevaba a la suite por lo menos un par de mujeres, cuya tarifa estaba por las 40.000 pesetas por media hora y 200.000 por la noche entera. Cambiaba de chicas más que de camisa, salvo una cubana despampanante, que debió gustarle sobre las demás, que se la llevó a Ibiza y con la que pasó 15 días en el hotel Victoria.

 

Sus noches eran calcadas una detrás de otra: estancias en discotecas (Pachá, Joy Eslava y Garamond, preferentemente), donde le gustaba jugar con las luces y poner música en plan pinchadiscos. Se lo permitían los locales, por la cuenta que les traía. La música que le apasiona al mozo empieza y acaba en Niña Pastori: compró miles de discos suyos. Decía que le apasionaba el flamenco. Seguramente, las subidas mayores que experimentó la cantaora gitana en la lista de ventas se deben a este fan tan exagerado.

 

Después de las discotecas: madrugada de sexo variado de pago, como se ha señalado.

 

Al día siguiente: compras, caprichos… Un día, en una importante cadena, pagó 300.000 pesetas por diez pantalones vaqueros de una prestigiosa marca. Y en ese plan. También le gustaba comprar joyas.

 

“Es normal que el chico se desmelene en España—decía un extraño secretario que no lo dejaba ni a sol ni a sombra—porque hasta ahora en Libia le han tenido como si estuviera en un convento, sin alcohol, sin diversiones”. Aquí, además de las mujeres, le daba al vodka.

 

Por donde Alá no ha llamado a Hannibal Gadafi es por los caminos de los gourmets, de los disfrutes exquisitos en la comida. Sus gustos son muy pedestres. Pese a tanto derroche no se le vio nunca en ningún restaurante de lujo. Habitualmente comía algunos bocadillos y pizzas. Hasta que un día pasando por la calle Raimundo Fernández Villaverde, de Madrid, vio en un bar, frente al principio de la calle Orense, en su escaparate, unas espectaculares hamburguesas con más pisos que Pepe Bono. El hombre se enganchó a ellas, era capaz de gastarse cuarenta o cincuenta duros en una de ellas. Desde ese día, las hamburguesas con muchos pisos se las llevaban a la suite o iba personalmente a zampárselas.

 

Total, un derroche de unos cien millones. Pero nadie podrá reprocharle que fuera en comilonas.

 

Sebastián Moreno