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Todavía no se sabe nada del autor ni del posible móvil

Hace 12 años, dos bombas mataban en Vigo a un matrimonio y herían de gravedad a un padre y su hijo

Noviembre 5, 2014

La pareja fallecida y los dos heridos no se conocían de nada. Los artefactos, de fabricación artesanal, estaban colocados en las puertas de las viviendas de las víctimas.

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La primera de las explosiones se produjo poco después de las 7:30 de la mañana del 5 de noviembre de 2002, en Vigo (Pontevedra). El pequeño Oscar, de 12 años, pensó que la bolsa de basura que colgaba de un gancho en la puerta de su casa contenía comida para su perro. Cuando fue a introducirla en el garaje de la vivienda, el artefacto que había en su interior se activó. Oscar y su padre, Luis Ferreira Pérez, de 43 años, empleado de Citibank, quedaron tendidos en el suelo con heridas de gravedad. El pequeño permanecerá 23 días hospitalizado con traumatismo abdominal y facial, estallido intestinal y la pérdida para siempre de la visión de uno de sus ojos. A Luis Ferreira, el padre, la explosión le destroza las piernas. 

Dos explosiones, un solo autor

Una hora y quince minutos después de este suceso, y a cuatro kilómetros de distancia, un artefacto idéntico mataba en Redondela (Pontevedra) a Vicente Lemos Haya, jefe de Producción de la factoría Pescanova en Vigo, de 51 años, y a su esposa, Rosa Gil Blanco, de 53. El explosivo estaba oculto en otra bolsa, que colgaba de la verja de entrada al chalet del matrimonio.

La Policía confirmó que las dos bombas habían sido fabricadas por la misma persona, un especialista, probablemente un asesino a sueldo. Ambas estaban ocultas en bolsas negras y elaboradas cada una con un tubo de unos 30 centímetros de longitud que contenía hormigón, piezas de hierro a modo de metralla y pólvora prensada proveniente de cartuchos de caza. Además, estaban provistas de un sistema de detonación por movimiento, compuesto por dos pilas y una ampolla de mercurio, que se activaba al ser retiradas las bolsas de sus emplazamientos. En el armazón de madera donde se escondía el mecanismo de cada una de las bombas el asesino había escrito con bolígrafo las siglas A.L.M.I., que nadie ha podido averiguar todavía qué significan. En esa misma carcasa, el criminal  había ocultado recortes de periódicos gallegos y octavillas de publicidad de un taller mecánico.

Ningún vínculo, ningún móvil

Se descartó que las víctimas hubiesen sido elegidas al azar, y se rechazó la autoría de ETA o de los GRAPO. Pero faltaba el móvil: las drogas, algún negocio ilegal, el blanqueo de capitales, un juego de rol o un intento de asustar al empleado de banca herido se barajaron como hipótesis policiales en los primeros momentos. Las víctimas mortales y los heridos no se conocían de nada. Ninguno de ellos había sufrido amenazas y todos eran considerados por amigos, familiares, vecinos y compañeros como buenas personas. Los datos de sus ordenadores personales no revelaron nada extraño. ¿Qué era lo que les relacionaba? ¿Qué habían hecho para que alguien encargase su asesinato a un profesional?

Un golpe de suerte acudió en ayuda de los investigadores. La Policía Científica descubrió en uno de los tubos-bomba las huellas dactilares del sicario que fabricó los artefactos. Pero la esperanza se desvaneció rápido. Las huellas no concordaban con ninguna de las almacenadas en las bases de datos policiales de delincuentes. El asesino estaba limpio, nunca había sido detenido.

Sospechosos y testigos

Una semana después de los atentados, la Policía detenía a un supuesto traficante de drogas, Francisco Manuel R.G., y a dos amigos suyos. Un testigo protegido aseguraba que uno de ellos comentó meses antes en un bar que pensaba atentar contra Luis Ferreira, el empleado de banca herido. En poder de los sospechosos se encontraron tubos de hierro como los de los artefactos, pero los tres quedaron finalmente en libertad porque ninguna prueba de cargo contundente les relacionaba con las explosiones. También fue investigado un empresario portugués, relacionado con clubes de alterne y vinculado al mundo del fútbol profesional a través de oscuros negocios, pero tampoco había pruebas de cargo sobre su implicación en las explosiones. El crimen sigue impune. Nadie sabe quien mató a Vicente y a Rosa e hirió a Oscar y Luis. Y lo más inquietante: nadie sabe por qué lo hizo. La Policía dice que no olvida este caso y que las investigaciones nunca se van a abandonar.

José Manuel Gabriel