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Ana conoció a Constantino gracias a una servilleta manchada de carmín

Exclusiva: Desestiman la denuncia que Obregón interpuso contra Teresa Bueyes por intento de asesinato

Marzo 12, 2008

Desafortunada en amores, desafortunada en los tribunales. Se ha desestimado la denuncia en la que Ana Obregón acusaba a Teresa Bueyes de haberle cortado los frenos de su carricoche renacentista. Y, mientras tanto, la actriz busca consuelo en brazos de un italiano al que conoció gracias a una nota escrita en una servilleta.

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Parece que Ana Obregón sufre una maldición egipcia, una especie de malfario gitano que le provoca desasosiego e intranquilidad. Un nuevo varapalo en lo judicial atormenta estos días a la cincuentona peliteñida. Se ha archivado la denuncia que interpuso contra Teresa Bueyes por intento de asesinato. La actriz acusó a la penalista de haberle cortado los frenillos de su carricoche renacentista. Una burrada con sello propio que provocó sonadas carcajadas en la comisaría de Alcobendas en la que fue presentada. Quizás por lo cómico del asunto o porque verdaderamente resulta patético, el juez instructor del juzgado nº7 ha decidido no dar pábulo a una denuncia que roza la enajenación, sobre todo porque imaginar a Teresa con unas tijeras podadoras a la espalda, produce vértigo y sonrisa de insania. Y, por si no fuera suficiente, también se ha desestimado la denuncia que Ana presentó por un robo en su casa en plenas fiestas navideñas. La bióloga aseguró que una banda de albanokosovares había accedido al interior de su vivienda para acabar con su vida. Al no conseguirlo, dejaron en el pomo de la puerta un bonito cordón negro, lazado en pose amenazante. Acusó a una ex asistenta indocumentada de llevarse la cinta de la cámara de seguridad que probaría el hurto y a la Bueyes de instigadora o cómplice con melena al viento. Y, aunque Javier Saavedra, el abogado de los mil sombreritos, ha decidido recurrir ambas resoluciones, parece que la senda está llena de espigas y espinas.
 
Un italiano en bandeja
 
Que Ana Obregón tiene un corazón que no le cabe en el pecho parece realidad ante la facilidad manifiesta con la que consigue enamorarse. Ha cambiado el cuerpo apoteósico del polaco Darek por la mirada anodina de Constantino Viglatone, un italiano con ínfulas de estrella y fama de montajista. En Francia es un icono gay de los que arrastran multitud de seguidores. Vamos, que en vez de escribir con lapicero (Ana dice que es escritor profesional), escribe con pluma y tintero.  
 
Sin embargo, lejos de lo explicado estos días, Ana y Constantino se conocieron de una forma más que peculiar. Me cuentan que la Obregón departía alegremente con un grupo de amigos cuando, de repente, quedó obnubilada ante la belleza del italiano. Agarró su bolso de marca, of course, rebuscó entre sus múltiples pertenencias hasta que encontró un bolígrafo con el que poder escribir, en una servilleta manchada de carmín, la siguiente nota: “Hola, soy Ana Obregón y me gustaría conocerte”. Y el fornido mozarrón cayó ruborizado a sus pies. Dicen que el mundo se paró cuando la presentadora posó su miope mirada en el cuerpo de un Constantino acostumbrado a deslumbrar a mujeres de edad madura. Sin embargo, Ana pareció decepcionada el día en el que el italiano acudió acompañado de un amigo íntimo a un almuerzo en un conocido restaurante de la capital. Quién sabe si lo que creyó manzana es realmente pera o melocotón en almíbar. Eso sí, Ana decidió invitarlo a cenar, esta vez más solo que la una, a uno de sus restaurantes preferidos. Atusó su melena, remoloneó como sólo ella sabe hacerlo y se hizo la interesante. Lo que nació en esa comilona es todavía un misterio sin resolver. Quizás Colombo es el único que podría dar luz a semejante enigma, con “g” de fregnillos…
 
Por Saúl Ortiz