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También sufre con la "no separación"

Espartaco asegura que Patricia Rato es la mujer de su vida

Junio 8, 2010

Mucho se habla del sufrimiento al que está haciendo frente Patricia Rato con la separación, o no, del torero Juan Antonio Ruiz “Espartaco”, sin embargo el matador también derrama lágrimas.

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Es un señor. Todo un caballero. Su elegancia no tiene que ver con vestir trajes de carísimas firmas ni lucir corbatas de seda. Espartaco es elegante en su actitud, en sus maneras para con su familia y el mundo periodístico. Juan Antonio es un maestro en los cosos, pero es también un luchador en las calles, cuando le persiguen y le fotografían. Él podría haber salido al paso de los comentarios. Podría haber aclarado que, cuando empezó con Macarena Bazán, su relación con Patricia Rato era más bien una amistad algo fría y distante. En los medios de comunicación únicamente se habla de las dificultades que atraviesa Patricia. De su extremísima delgadez. De la tristeza, cuasi irreversible, de su profunda mirada. Nadie, sin embargo, se refiere a los sentimientos del matador. Le acusan de ser perverso y hasta maquiavélico. De haber sido infiel hasta el ahogo. Pocos se atreven a confesar que Juan Antonio nunca escondió su relación, noviazgo o ronroneo con Macarena. Hacía tiempo que su matrimonio naufragaba a la deriva. Iban en direcciones distintas. Ya no sentían como antes. Puede que se les haya apagado demasiado pronto la llama del amor, pero contra la fuerza del corazón no hay muralla que resista. Discutían con frecuencia y las oportunidades caían en saco roto.  
 
“Es la mujer de mi vida”
 
No obstante, Juan Antonio no busca una separación oficial. Para él son difíciles los momentos por los que está atravesando, pues considera que Rato es la mujer que más le ha marcado en sus cincuenta y cinco años: “Ha sido la mujer más importante de mi vida”, repite con cierta emoción cuando los focos no le alumbran. Espartaco no puede olvidar tantos años de felicidad y las joyas que su relación le ha regalado: sus hijos. A ellas las quiere con una locura paternal poco habitual. Daría su vida por ellas. Incluso mataría si hiciera falta. Él es un hombre de arraigadas tradiciones y de un sentido casi místico de la palabra familia. Sin familia, el torero no es nadie. Por eso teme que las constantes especulaciones sobre su vida sentimental afecten a su “amistad” con sus descendientes. Apesadumbrado, espera que sus hijos no le vean como el malo de la película. Le asusta creer que piensen que le está haciendo un daño innecesario a su madre. Por suerte, Patricia es firme y convincente en este aspecto. Puede que tengan sonadas diferencias en asuntos económicos y patrimoniales, pero ella no duda en repetir que, como padre, Espartaco cumple con nota alta. No es de extrañar, por tanto, que ambos que se refieran a su matrimonio con corrección. Es lo único que les queda ahora: recordar aquellos tiempos.
 
Por Saúl Ortiz (saul@extraconfidencial.com)