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Elecciones en Estados Unidos: El negro, el rico y la mujer

Noviembre 8, 2016
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Dice el refranero popular español que las personas, a veces, valen más por lo que callan que por lo que dicen. Y en los tiempos que corren peligrosamente, la clase política está quedando retratada por la lupa del fisco o simplemente por una mano desinteresada y curiosa que tira de la manta para deshilachar una red de mentiras y corrupción que mancha todo lo que toca y engloba a la práctica totalidad de los dirigentes internacionales.

Desde el Watergate de Nixon en 1974 la sociedad se ha acostumbrado a un ritmo frenético de escándalos y tapaderas desenmascaradas. Son tiempos de Edward Snowden, de papeles de la CIA, de Julian Assange, de Anonymous, de auditorías e informes, de Nisman, de cartas encima de la mesa y de impeachments. Son tiempos de verdades, de extinción de sistemas basados en mentiras y en corruptelas y de la llegada de un mundo más limpio y democrático.

Un mundo en el que no tienen cabida los correos de Hillary Clinton -candidata demócrata- y el uso que ésta hizo de un servidor de correo electrónico privado cuando se desempeñaba como secretaria de Estado durante la primera presidencia de Barack Obama. O los cientos de miles de documentos clasificados revelados por el soldado Chelsea Manning que demostraron que el Departamento de Estado usó sus sedes diplomáticas en diferentes países para espiar a altos funcionarios. O la aceptación de 68 millones de dólares por parte de la Fundación Clinton de donantes con vínculos con gobiernos extranjeros y empresas estatales. Tampoco encuentran su sitio las invitaciones a John Podesta, jefe de campaña de Clinton, a una fiesta con tintes satánicos en la que menores son bañadas en un combinado de semen, sangre menstrual o leche materna y que fueron filtradas por Wikileaks. O los escándalos sexuales de su marido, Bill Clinton, en los años 90 y que Trump se encargó de sacar a la palestra.

Un mundo en el que tampoco tienen cabida, ni mucho menos, la quincena de denuncias de mujeres que aseguran que en algún momento Donald Trump -candidato republicano- abusó de ellas sin su consentimiento. O la construcción de muros para separar a los norteamericanos de los violadores y narcotraficantes mexicanos, en boca del magnate. O el uso de su fundación de caridad para pagar multas judiciales por 258.000 dólares. Su racismo, elitismo y marginación a los más desfavorecidos, como aquella vez que se mofó de un periodista discapacitado, también están fuera del nuevo sistema que muchos quieren construir.

Un mundo en el que sin lugar a dudas se echará mucho de menos a Barack Obama como la voz de la cordura que conduce a la primera potencia mundial por la senda de la razón y el entendimiento más lógico.

Los logros de Obama

Los Obama eran, al fin y al cabo, una familia sencilla, simple y cercana al vulgo. Sin escándalos, sin información sonrojante acerca de sus hábitos, sin amarillismo ni rumores. Una familia compuesta por un presidente que consiguió grandes logros para su país. Que convivió con su mujer durante ocho años en la Casa Blanca sin líos de faldas, ni becarias, ni infidelidades. Michelle se ha convertido ya en otro pilar básico del partido representado por el burro y sus discursos en pro de la igualdad y la liberación de la mujer han conmovido a medio mundo. Incluso se especula con su candidatura a las elecciones presidenciales de 2020. Que fueron capaces de instruir a sus dos hijas en el estilo de vida americano. La máxima del esfuerzo y del trabajo para alcanzar la libertad. Shasha, de apenas 15 años ya ha trabajado como camarera en un restaurante y Malia, se incorporará en el otoño de 2017 a la Universidad de Harvard.

Obama consiguió en ocho años lo que nadie consiguió en Washington. Que se hablase más de la política nacional e internacional que de lo que ocurría de puertas hacia adentro en el número 1600 de la Avenida de Pensilvania.

Cuando un economista keniano y una antropóloga estadounidense conciben a un niño al que llaman ‘Bendito’ (significado del antropónimo de Barack Hussein Obama) se sientan los mimbres para que esa persona tenga el poder suficiente para cambiar el mundo.

Dos de las grandes cuestiones que siempre han minado al gobierno estadounidense de Obama han sido su política exterior y la gestión del elefante blanco sanitario que asiste a los casi 320 millones de norteamericanos. En el primer caso, mucho se ha criticado a la Academia sueca tras otorgar al presidente yanqui el Premio Nobel de la Paz en 2009, pero motivos hay. Además de su papel protagonista a favor del desarme nuclear hay que tener en cuenta sus esfuerzos por arreglar los desaguisados dejados en el cajón por su camarada George W. Bush en Irak y Afganistán, retirando progresivamente las tropas americanas; así como la defensa del pueblo palestino de Israel y Netanyahu o la colaboración de los rebeldes libios y sirios en la llamada Primavera Árabe para derrocar a los dictadores Gadafi y Al Assad, respectivamente. La lucha contra el terrorismo de Al Qaeda primero y el autodenominado Estado Islámico después, o el restablecimiento de las negociaciones con Cuba son hitos que no se deben dejar pasar de largo.

Puede que su reforma sanitaria no fuese la mejor, pero nada más llegar a la Casa Blanca, Obama expandió el Programa de Seguro Sanitario Infantil para garantizar la cobertura médica de cuatro millones de niños sin seguro. Además es pronto para juzgar una reforma sanitaria que tendrá una inversión en 900.000 millones de dólares y un plazo de ejecución de 10 años.

Lo que no admite duda es que cogiendo como referencia el año 2010, poco después de iniciado el primer mandato de Barack Obama en la Casa Blanca, las principales estadísticas de la nación no han hecho más que mejorar. La tasa de desempleo se ha reducido a la mitad, pasando de un 10% al 4,9% actual. Y el riesgo de pobreza, situado en 2010 en el 15,1% se sitúa hoy en el 13,5%.

Lo mejor que le pudo pasar al mundo en términos de igualdad y evolución es que, por vez primera, un negro decidiera el sino del país más influyente del orbe. Ocho años después y dado el escaso nivel de los contendientes, la solución inteligente es seguir fomentando la igualdad de oportunidades en el mundo más globalizado. La lista compuesta por George Washington, John Adams, Thomas Jefferson, James Maddison, James Monroe, John Quincy Adams, Andrew Jackson, Martin Van Buren, William H. Harrison, John Tyler, James Knox Polk, Zachary Taylor, Millard Fillmore, Franldin Pieree, James Buchanan, Abraham Lincoln, Andrew Johnson, Ulysses S. Grant, Rutherford B. Hayes, James A. Garfield, Chester A. Arthur, Grover Cleveland, Benjamin Harrison,  Grover Cleveland, William McKinley, Theodore Roosevelt, William H. Taft, Woodrow Wilson, Warren G. Harding, Calvin Coolidge, Herbert C. Hoover, Franklin D. Roosevelt, Harry 5. Truman, Dwight D. Eisenhower, John F. Kennedy, Lyndon B. Johnson, Richard Nixon, Gerald Ford, James Carter, Ronald Reagan, George Bush (padre), Bill Clinton, George Bush (hijo) y Barack Obama debe de continuar su orden lógico en un mundo que apuesta por el cambio, la esperanza y el sí se puede. Y ese orden lógico se llama Hillary Clinton.

Alejemos al demonio del control de las elites globales y dejemos que ahora ponga orden, por vez primera también, la mujer. Apostemos todo a la equidad y que sean ellas quienes asan el volante norteamericano. Será la mejor forma de eliminar las etiquetas que tanto pesan sobre nuestro imaginario colectivo y que al fin podamos reconocer a las personas por sus logros en lugar de señalarlas por su color de piel -el negro-, su status social -el rico- o su género -la mujer-.

Jesús Prieto