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Nunca se responsabilizaron de la muerte de un joven de 12 años en las obras de la M40

El muerto en el armario de las Koplowitz

Septiembre 30, 2007
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Él se llamaba Pablo. Tenía 12 años. Murió en las obras de la M40 hace 17 años. Ahora, María Eugenia Yague, en El Mundo, nos informa que Esther Koplowitz no asistió a la cena de gala del Waldorf Astoria, a la que asistieron 600 invitados, en un acto en el que recibiría el Premio Empresaria del Año. Nuestra compañera asegura que su ausencia estaba justificada por la muerte de su primo, Carlos Koplowitz. Nos unimos a su sentimiento pero lamentamos que no demostrara la misma sensibilidad con la muerte de Pablo, de tan sólo 12 años de edad. Ese acontecimiento neoyorkino ha recuperado la memoria histórica de unos padres que nunca jamás lograrán superar –como cualquier otro-, aquel trágico acontecimiento.
 
El 16 de octubre de 1990 fue un día lluvioso. Pablo, junto con sus compañeros, se dirigía, tras salir del colegio, a su habitual entrenamiento del equipo de fútbol. Ese día estrenaba zapatillas nuevas, compradas con sus ahorros, para celebrar la inauguración de un nuevo campo de fútbol en Manoteras. El entrenador les avisó que se retrasaría, así que Pablo y sus amigos decidieron ir a “investigar”, divertirse a su manera. Tan ingenua como trágica.
 

Sin señales de aviso

Recorren los alrededores de las instalaciones deportivas donde, desgraciadamente, se construían las infraestructuras de la que hoy conocemos como la M40. Allí, los desaguaderos de la vía no mantenían ningún tipo de precaución. Pozos de 40 metros de profundidad con una escalera de acceso sin ningún tipo de restricción ni de advertencia de peligro. Pablo, 12 años, baja por las escaleras que dan acceso al maldito pozo. Le siguen sus compañeros de pandilla, clase y otras correrías. Los escalones se acaban y el pequeño se precipita al vacío. Un mareo provocado por el monóxido de carbono acumulado.
 
El cadáver de Pablo tardó más de una semana en recibir cristiana sepultura. En ese intervalo un abogado de la empresa constructora, FCC, propiedad de las hermanas Koplowitz, se presenta ante los padres desolados e indignados. La madre exigió que rodarán cabezas. Un mal abogado dejó pasar los plazos y no denunció por la vía penal.
 

Ni el pésame ni una corona de flores

El Ayuntamiento de Madrid, por aquellos años gobernado por Agustín Rodríguez Sahagún, responsabilizó a la empresa adjudicataria de las obras, la FCC de Alicia y Esther, y ésta, al consistorio madrileño.
Resultado final: la muerte de un menor y los responsables, como casi siempre, inpunes. Sus progenitores abandonaron la lucha ante la indiferencia, la indefensión y la insensibilidad de los presuntos responsables. Pero siempre que ven a las hermanas Alicia y Esther la rabia y la impotencia les invade. Y es que hay cosas que no se pueden olvidar. Ni una simple disculpa, ni una simple corona, ni tan siquiera el pésame. Eso sí, las hermanas, embriagadas de popularidad respetada y amparada en obras de arte y aportaciones millonarias a sospechosas Fundaciones como la “Cárdenas Rosales” de la que informaremos exhaustivamente.