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El asesino torturó al anciano brutalmente antes de matarle, y huyó sin llevarse nada de valor

El misterio sigue rodeando la muerte a puñaladas, del jubilado Acacio pereira en su casa de vitoria, 17 años después

Junio 12, 2015

No hay ningún sospechoso del asesinato de Acacio Pereira Presa, ni existe un móvil, ni una sola pista para aclarar uno de los crímenes más espantosos cometidos en Vitoria en los últimos años. Este cordelero y guarnicionero agrícola jubilado, de 77 años, fue apuñalado hasta la muerte en su vivienda de la capital alavesa en 1998.

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La mañana del 8 de junio de aquel año, Acacio no acudió, como solía hacer cada día desde su jubilación, al comercio-taller de cordelería y aperos que había regentado casi toda su vida. Félix, su sobrino, que había heredado el negocio, sospechó que Acacio podía haber caído enfermo, ya que había sido operado recientemente de un cáncer de hígado, y pidió a su hermana que acudiera a casa de su tío.

La sobrina, Ana Rosa, y su novio, Manuel, no podrán nunca recuperarse de lo que vieron al llegar a la casa. Acacio Pereira yacía en el suelo sobre un enorme charco de sangre. Su cadáver estaba atado a una silla, con un trapo dentro de la boca y 15 puñaladas repartidas por todo el cuerpo, algunas de ellas mortales de necesidad.

La autopsia reveló que había sido asesinado de madrugada, y la Ertzaintza recompuso los últimos instantes de su vida. A las 20:30 de la tarde anterior, Acacio había estado conversando con un comerciante de la zona, después acudió a un bar junto a su domicilio y tomó un refresco y algo de comer. A las 22:30 se fue a casa.

La hipótesis del robo descartada

Aunque los investigadores se inclinaron en un principio por la hipótesis del robo, pronto se descartó esa posibilidad. La casa estaba revuelta, pero el asesino no se había llevado dinero ni los objetos de valor, por lo que se piensa que el desorden obedece a una lucha desesperada del anciano con su asesino. También pudiera ser que el asesino hubiera torturado salvajemente al anciano para obligarle a revelar el lugar donde guardaba el dinero, algo que la víctima nunca podía haber hecho ya que vivía con una exigua pensión.

Los vecinos declararon que no había oído ningún ruido extraño la noche del crimen, dijeron que Acacio Pereira era un hombre tímido y generoso, no se le conocían enemigos y, al cobrar una pensión muy baja, tampoco contaba con muchos ahorros. La Ertzaintza investigó a todo el círculo familiar y de amistades del fallecido, de una manera tan exhaustiva que algunos parientes llegaron a denunciar acoso policial.

Un año más tarde, el caso quedaba archivado por falta de resultados policiales, pero fue reabierto brevemente tras la detención de un individuo, Koldo Larrañaga, que confesó haber matado a otras dos personas en Vitoria, aunque no se le pudo incriminar por el caso de Acacio Pereira. La familia cree que sólo un milagro puede aclarar el cruel asesinato del jubilado vitoriano.

 
José Manuel Gabriel