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Tras el "relaxing cup of café con leche in Plaza Mayor" de Ana Botella, trending topic nacional durante más de tres días

El Ministerio de Industria destinará alrededor de 120.000 euros para la gestión integral de cursos on line en inglés

Septiembre 12, 2013
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Cinco días después del último fiasco olímpico, sigue la resaca, especialmente por la presentación que hizo la alcaldesa de Madrid, Ana Botella, que la convirtió en trending topic nacional durante más de tres días. Lo más sonado de esta presentación fue sin duda el “relaxing cup of café con leche in Plaza Mayor”. Para mayor escarnio, la edil madrileña bromeaba ayer en un acto en la capital de España con una misiva a los presentes: “Espero que les hayan servido a todos ustedes un café con leche”. Entre los presentes, el ministro de Justicia, Alberto Ruiz Gallardón, el presidente del Congreso, Jesús Posada, la ex presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, y su sucesor, Ignacio González. Anunciaba que Madrid no presentaría candidatura a los Juegos Olímpicos de 2024. Risas e incluso aplausos. La presencia de sus colegas populares eran interpretada por algunos como un respaldo a Ana Botella. Para otros, sin embargo, era como una despedida.

Pero antes de ésta ha habido cientos de patadas de la cúpula española al inglés. Los protagonistas de la realidad política y económica de nuestro país han hecho gala de su inglés zarrapastroso. Una ofensa al, posiblemente, idioma más usado de la Tierra. Sin ir más lejos, el cónyuge de Ana Botella, famoso ex presidente del gobierno español, José María Aznar, nos sorprendía en 2003 con aquel “estamos trabajando en ello” con un depurado acento tejano pero sin rastro del lenguaje anglosajón. Tampoco se deben olvidar el “gut ivinin tu everiguan” del presidente del Banco Santander, Emilio Botín; el “it´s very difficult todo esto” del presidente Rajoy a su homólogo británico David Cameron; o el “bonsáis everyday” del ex presidente Zapatero a sus colegas francés y alemán: Chirac y Schroeder.

Los ciudadanos españoles, frente estas situaciones, solemos experimentar lo que muy bien representa el concepto de vergüenza ajena. Y es que la clase política de nuestro país, salvo algunas excepciones, deja mucho que desear. Cierto es que tan sangrantes ejemplos han llevado a la mayoría de representantes nacionales y locales a -al menos intentar- erradicar una situación precaria: la carencia de idiomas. Las lecciones, clases particulares, sesiones con nativos e incluso cursos on line son herramientas que cada vez usamos más, tanto a título particular como también con la administración, pero con una diferencia más que sustancial, los primeros salen del esfuerzo del ciudadano pero en los de la administración lo pagamos con nuestros impuestos.

Más de 20 euros por cada una de las 5.800 sesiones presenciales

Para muestra, un botón: el BOE publicaba hace una semana el anuncio de licitación de la Junta de Contratación del Ministerio de Industria, Energía y Turismo para contratar el “servicio de gestión integral de cursos de idiomas on line en inglés” con un presupuesto base de licitación cercano a los 120.000 euros.

La necesidad de aprender inglés es imperiosa, máxime en un Ministerio como el de Industria. Imposible imaginarse al ministro José Manuel Soria cerrando el acuerdo sobre el tax lease en Bruselas sin conocimientos de inglés, pero ¿Debemos pagar las clases? ¿Por qué no ser un requisito indispensable a la hora de conseguir una plaza de oposición o de contrato? Además, el importe previsto del órgano ministerial para este concepto -20 millones de las antiguas pesetas- parece desproporcionado, sobre todo, al tratarse de clases on line y no presenciales.

Con todo, la sensación creada al observar contratos de este tipo es la del absurdo. Inversiones superfluas que no solventan las taras de la clase política española y que caen en saco roto. Presuponiendo que el precio de una clase particular presencial de una hora de inglés es de más de 20 euros, el presupuesto estimado por el Ministerio de Industria sería suficiente para impartir más de 5.800 sesiones. Una auténtica barbaridad que no es aprovechada por los gestores y funcionarios públicos de nuestro país, anquilosados desde hace mucho tiempo en el “yes very well fandango”.