Menú Portada
La monarquía holandesa, ejemplarizante ante los casos de corrupción

El fracaso de Iñaki versus el éxito de Máxima

Febrero 3, 2013
pq_928_Urdangarin.jpg

Si la nobleza española estaba ya muy molesta con la Casa Real por distintos desencuentros ya casi históricos, en estos momentos “está que trina” por la falta de respeto de Iñaki Urdangarin hacia el ducado de Palma. Una falta de gusto que también tiene a los mallorquines muy soliviantados, y que puede conllevar que don Juan Carlos decida retirar a su yerno el uso del ducado de Palma, teniendo siempre en cuenta que él es un mero consorte puesto que la merced es, en cualquier caso, propiedad de doña Cristina. Por ello, cabe preguntarse cómo quitar algo que en realidad no se tiene. Pero si esta situación deja clara alguna cosa es la escasa o nula convicción de aquello que se representa, y esa enorme dificultad que en los últimos tiempos vienen teniendo algunos consortes y miembros de la realeza europea (Sarah Fergusson, Sophie Rhys-Jones, los príncipes Miguel de Kent, o el príncipe Laurent de Bélgica), que han confundido completamente realeza con posición, estatus, o posibilidad de tener contactos de altos vuelos y de hacer dinero.

Ese ha sido, quizá, el gran error de Iñaki Urdangarin y el origen de su fracaso, lo cual contrasta fuertemente con el éxito de Máxima Zorreguieta, que también es eso que algunos deciden denominar “plebeya” pero que ha sabido entender a la perfección que princesa o reina se es siempre, y que ello conlleva una tarea de representación que no puede tomarse o dejarse a gusto de las apetencias, porque comporta una responsabilidad permanente e inalienable de la propia condición.

Una monarquía que ya nació burguesa

Curiosamente la monarquía holandesa ya nació burguesa allá por 1815, pero desde que Guillermo III, que con 62 años casó por segunda vez con la princesa Emma de Waldeck-Pyrmont de tan solo 21, la casa real holandesa ha sabido maridar la presencia pública y el contacto directo con sus gentes con la capacidad de representación y de simbolización. Y por eso el 30 de abril la todavía reina Beatriz hará sacar las bellas carrozas doradas, las magníficas joyas de los Orange, y el prescriptivo manto de armiño para ceder el trono a su hijo el futuro rey Guillermo IV. Durante más de cien años cuatro mujeres han conducido los destinos de Holanda (la regente Emma, y las reinas Guilermina, Juliana y Beatriz) y todas ellas (salvo la regente), decidieron el algún momento pasar la corona a su heredera generando así una tradición no escrita de abdicaciones naturales y completamente normalizadas.

Eso no excluye que los Orange no se hayan visto salpicados por escándalos y vicisitudes pues la reina Juliana tuvo su propio Rasputin en la corte (la curandera Greet Hofmans), tuvo que encarar la boda casi clandestina de su hija Irene con el católico Carlos Hugo de Borbón-Parma, y también los turbios manejos de su esposo el príncipe Bernardo de Lippe-Biesterfeld, un mero segundón de la realeza alemana, quizá estuvieron en la base de su propia abdicación en 1980.

Pero cuando hace tan solo un año algunos investigadores declararon querer conocer más a fondo el asunto de las comisiones que el príncipe Bernardo recibió en su momento de los poderosa compañía Lockheed Corporation, el gobierno holandés fue tajante en su negativa a que ese asunto se volviese a tocar para evitar empañar la imagen de la familia real. Por su parte, la reina Beatriz también tuvo que hacer frente a las graves perturbaciones mentales de su esposo Claus von Amsberg, y que asumir el escándalo de la aparición de varias hijas ilegítimas de su padre que además fue el fundador del famoso Grupo Bilderberg. Pero todo supo manejarse de forma inteligente, y sin merma para la corona, en un país en el que la monarquía y la familia real alcanzan altísimas cotas de popularidad entre las gentes, que el día del cumpleaños de la reina salen a las calles luciendo los colores de los Orange.

Una latinoamericana toma el relevo

La reina Beatriz cumplirá 75 años en 2013 y es ahora cuando ha decidido retirarse de la escena para, de forma sencilla, retomar el nada pretencioso título de princesa de los Países Bajos y ocuparse más de su hijo el príncipe Friso, que permanece en un coma sostenido artificialmente. Por el momento los nuevos reyes, Guillermo y Máxima, continuarán residiendo en la hermosa pero sencilla Villa Eikenhorst, en Wassenar, hasta que pasados unos meses puedan instalarse oficialmente en el palacio de Huis ten Bosh que en el ínterin quedará reservado para recepciones y encuentros de alto nivel.

El palacio de Noordeinde continuará siendo el lugar de trabajo del nuevo rey, y la ya princesa Beatriz se retirará al castillo de Drakensteyn, en las orillas del lago Vuursche. Así, doscientos diecisiete años después de la llegada al palacio de las Tullerías de aquella belleza criolla que fue Josefina Tascher de la Pagerie (mucho más princesa que muchas princesas), para convertirse en emperatriz de Francia, una latinoamericana toma el relevo como reina consorte en Europa.

Ricardo Mateos