Menú Portada
Su empresa inmobiliaria acababa de presentar suspensión de pagos

El empresario Ramón Quer Cusí, asesinado en Castelló d´Empuries hace 25 años

Septiembre 15, 2013

El cadáver del industrial, que presentaba un tiro en la cabeza, apareció en una masía abandonada

pq_936_Ramón-Quer.JPG

Ramón Quer Cusí, de 49 años, viudo y con dos hijas, fue asesinado en septiembre de 1988 después de pasar trece días en paradero desconocido, periodo durante el cual fueron vaciadas casi completamente sus cuentas bancarias. Los investigadores están convencidos de que detrás de su muerte se esconde una oscura trama de intereses empresariales, alianzas truncadas y la más que posible entrada en escena de asesinos a sueldo.

Hasta 1983, Ramón Quer era un próspero empresario de Figueres que administraba con diligencia sus tres empresas (una inmobiliaria, una fábrica de muebles metálicos y una firma de cromados) hasta que su esposa enfermó de cáncer. Quer se recluyó entonces con su familia en la vivienda que poseían en la urbanización Santa Margarida de Roses (Girona), dejando que sus tres sociedades languidecieran. Tras fallecer su mujer, el industrial decidió permanecer junto a sus hijas viviendo de sus ahorros y las cada vez más exiguas rentas de sus otrora prósperos negocios. Finalmente tuvo que vender a dos de sus operarios la fábrica de muebles para evitar la quiebra; las otras dos empresas presentaron suspensión de pagos.

La pista del dinero y los tres extraños

El 15 de septiembre de 1988, Ramón Quer dijo a sus dos hijas, de 18 y 16 años, que pasaría el día pescando en su yate y que no se alarmasen si volvía tarde. No volvió nunca. Su vehículo apareció al día siguiente mal estacionado en una calle de Roses, mientras que el yate del industrial continuaba perfectamente amarrado en su pantalán. Un vecino de la urbanización Santa Margarida explicó a la Guardia Civil que había visto a Quer marcharse en compañía de tres hombres desconocidos. A partir de este momento los rastros que iba dejando el industrial pasaban casi exclusivamente por el vaciamiento de fondos de sus cuentas bancarias.

Los investigadores comprobaron que, a las pocas horas de su desaparición, Ramón Quer telefoneó a la sucursal del banco Natwest March en Figueres para pedirles que atendieran a una persona que enviaba a retirar dinero de una de sus cuentas, ya que tenía que afrontar unos pagos imprevistos. Está probado que, tras pasar por el Natwest, ese mismo emisario se presentaba minutos más tarde en una sucursal del Banco de Sabadell, también en Figueres, con otro cheque al portador librado por Ramón Quer Cusí para cobrar una suma elevada de dinero. Finalmente, el propio empresario, acompañado de un desconocido, acudía a la sucursal de La Caixa en el área de servicios Empordá, entre los peajes de Figueres y L’Escala de la autovía A-7, para sacar más efectivo. El montante total de las sumas detraídas de las cuentas bancarias del industrial ascendía a 2 millones de pesetas.

La masía abandonada, la cartilla de ahorros y el anillo

Transcurrieron 13 días desde la última retirada de dinero mientras se desvanecían las esperanzas de la familia de Ramón Quer de recibir una llamada fijando las condiciones para la liberación del empresario. El desenlace a la situación de incertidumbre fue inesperado y brutal. El 28 de septiembre de 1988, unos turistas alemanes encontraban un cuerpo humano en descomposición en el interior de una masía en ruinas en un paraje inhóspito del municipio de Castelló d’Empuries, en la zona norte de la Costa Brava.

Al cadáver, que presentaba un único disparo en la cabeza efectuado con una pistola de 9mm, le habían dejado sobre la cara una libreta de ahorros abierta: la libreta de La Caixa de Ramón Quer Cusí. El industrial también pudo ser identificado en primera instancia porque llevaba la misma ropa que cuando desapareció y porque portaba en uno de sus dedos un característico anillo de oro con sus iniciales grabadas. La autopsia reveló que Quer había sido asesinado el día siguiente a su desaparición.

 

Detención y muerte de un sospechoso

Las pesquisas se prolongaron durante cuatro años sin resultados apreciables, hasta que en octubre de 1992 la Guardia Civil anunciaba la detención del empresario barcelonés Josep Garriga por su presunta relación con el secuestro y posterior asesinato de Ramón Quer. Los investigadores sospechaban que en el fondo del caso subyacía una desavenencia por intereses económicos entre dos antiguos socios. Concretamente averiguaron que, poco antes del crimen, Garriga había vendido a Quer un yate de segunda mano que daba problemas y que ambos había protagonizado enfrentamientos dialécticos relacionados con la compra de acciones de bancos en Cataluña.

El juez consideró a Garriga inductor de la muerte de Ramón Quer y le envió a prisión, donde permaneció 52 días antes de quedar en libertad bajo fianza de un millón de pesetas. El 28 de marzo de 1993, tres meses después de abandonar la prisión, Garriga, de 57 años, y su esposa, Elisenda Abril, de 40, habían quedado para cenar con unos amigos en Barcelona. La pareja abandonó aquella noche la urbanización donde vivía en Sant Andreu de Llavaneres, en el Maresme, para acudir a una cita a la que nunca llegaron. El vehículo del matrimonio, un Mazda, apareció a las 3 de la madrugada siguiente completamente calcinado en un camino rural de las afueras de Vallgorguina, una población ubicada en dirección opuesta a la que deberían haber tomado la noche anterior. En el asiento posterior del automóvil se encontraban los cuerpos carbonizados del matrimonio.

La autopsia determinó que Josep Garriga había sido asesinado de un fuerte golpe en el parietal derecho mientras que Elisenda Abril había recibido dos disparos, uno en la nuca y otro en la espalda, en la región lumbar. Pero una de las cosas que más asombraron a los investigadores fue el hecho que los disparos eran de la misma munición que la bala que había matado a Ramón Quer cinco años antes, 9 milímetros corto. No sólo eso: las balas de los dos asesinatos habían sido disparadas con la misma arma.

 

Ni un cabo suelto

La más que probable presencia de un único asesino en los dos casos llevó a la Guardia Civil a elaborar una hipótesis plausible para explicar el desarrollo de los hechos: Garriga había contratado a asesinos a sueldo para quedarse con el dinero de Quer y después liquidarle; la imputación judicial y el ingreso en prisión del barcelonés hicieron temer a los sicarios que acabaría confesando y decidieron no dejar cabos sueltos que pudiesen llevar a su identificación, por lo que mataron al matrimonio.

Que Josep Garriga estaba nervioso y sometido a presión lo atestigua la denuncia que presentó en un juzgado en agosto de 1992, poco antes de ser detenido por el caso Quer. Un día, cuando se dirigía al aeropuerto de El Prat con su mujer para irse de vacaciones, un coche se cruzó en su camino y de él descendieron dos individuos con aspecto de facinerosos. El matrimonio, atemorizado, salió corriendo a pedir auxilio y acabó denunciando los hechos.

Pero había más. Solamente cuatro días antes de ser asesinado junto con su mujer, Josep Garriga había acudido a declarar al juzgado que investigaba la muerte de Quer. Fuentes judiciales señalan que en esa comparecencia el empresario volvió a insistir en su inocencia y no desveló ningún detalle de interés para la investigación. Pero eso es algo que los sicarios a sueldo no podían saber, y la sospecha de que Garriga hubiese decidido irse de la lengua desencadenó la salvaje represión que siguió. Si Garriga tuvo o no algo que ver en la muerte de Quer es algo que difícilmente sabremos. En diciembre de 1995, la Audiencia de Girona archivaba definitivamente el caso por falta de pruebas para seguir las investigaciones.

José Manuel Gabriel

<!–[if gte mso 9]>