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Su cadáver apareció en una presa del Ebro en la localidad de Gelsa

El empresario Juan Sáez, secuestrado y asesinado en zaragoza hace 19 años

Septiembre 22, 2013
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A comienzos de los años 90 del siglo pasado, el empresario vasco Juan Sáez Rubio regentaba un pequeño negocio de impresiones de aluminio que proporcionaba trabajo a dos empleados y que daba lo justo para llegar a fin de mes. De hecho, la sociedad no disponía de instalaciones propias y Sáez y su esposa vivían en un pequeño piso de protección oficial en el barrio donostiarra de Intxaurrondo.

En la mañana del 29 de septiembre de 1994, el industrial, de 42 años, recibió una llamada fatídica, que le conduciría directamente a una muerte tan espantosa como inexplicable. Al otro lado de la línea telefónica, un individuo que se presentó simplemente como “González” ofreció a Sáez la posibilidad de adquirir material de imprenta de una empresa en quiebra. El asunto era una ganga y, como tal, requería cerrar el trato inmediatamente, por lo que citó al empresario ese mismo día en el hotel “El Aguila”, en la localidad zaragozana de Utebo.

La cita fallida

El mismo día por la tarde, Juan Sáez dejó un mensaje para su mujer en el contestador automático de su casa. Le explicaba que ya se encontraba en el hotel donde debía conocer a González y -en su caso- cerrar el negocio, pero que éste todavía no había llegado, por lo que seguramente regresaría a casa más tarde de lo previsto. No volvió nunca.

A los dos días, la esposa de Sáez interponía denuncia por desaparición al no haber vuelto a tener noticias de éste. La Policía acudió entonces al hotel “El Aguila” y constató que la reunión de negocios nunca había tenido lugar. Pero los agentes también descubrieron detalles que les llevaron a dar prioridad absoluta a las investigaciones de este caso: los recepcionistas del establecimiento confirmaron que nadie con el apellido González se había alojado allí en fechas inmediatas; pero, además, tampoco sabían nada de Juan Sáez. No había reservas, facturas ni registros telefónicos de ninguno de ellos. A ningún empleado le sonaba la cara de Sáez, que los investigadores mostraron en una fotografía, y ninguno sabía absolutamente nada de una cita de negocios en el hotel.

De ETA al secuestro express. En boca cerrada…

La Policía comenzó a barajar numerosas hipótesis de trabajo que iba desechando sistemáticamente. Se investigó la posibilidad de un crimen pasional, pero no había nada que sostuviese este argumento. La llegada al domicilio del industrial de una carta pidiendo un rescate de 250 millones de pesetas dio fuerza al móvil económico, pero los expertos llegaron a la conclusión de que la misiva era una broma de mal gusto de algún desaprensivo. Las circunstancias de la desaparición tampoco encajaban con la forma de actuar de ETA. Además, Juan Sáez no era una persona acaudalada, no tenía problemas familiares ni laborales, y nunca había sido objeto de amenazas. Las pesquisas entraron en punto muerto.

Las Fuerzas de Seguridad del Estado consideraban que la hipótesis más verosímil pasaba por un chantaje relacionado con la actividad empresarial del desaparecido, que podía haber sido secuestrado para atemorizarle. Esta línea de investigación estaba respaldada por un fragmento de la conversación que la mujer de Sáez escuchó cuando el empresario hablaba por teléfono con el tal González, y en la que llegó a decir “ya sé que en boca cerrada no entran moscas”.

Un cadáver mutilado en el fondo de una presa

El 6 de noviembre de 1994, un empleado de la central hidroeléctrica de Gelsa que realizaba una inspección rutinaria encontraba el cuerpo sin vida de un varón en la presa de regulación del río Ebro a su paso por esta localidad, a 50 kilómetros de Zaragoza y a 55 de Utebo. El cadáver, que tenía las manos atadas a la espalda, estaba desnudo, mutilado y en avanzado estado de descomposición, y apareció enganchado en el ramaje y la suciedad acumulados en una rejilla de seguridad de la central.

La autopsia confirmó que se trataba de Juan Sáez Rubio, y que el empresario había fallecido el mismo día en que desapareció después de recibir fuertes golpes en la cabeza y la región lumbar. La causa directa de la muerte fue un infarto provocado por una insuficiencia respiratoria. Los investigadores están convencidos de que al empresario le torturaron salvajemente y le aplicaron la técnica conocida como “la bolsa” (privar a una persona de oxígeno introduciendo su cabeza en una bolsa de plástico que se cierra a la altura de la garganta y que se abre cuando la víctima está a punto de perder el conocimiento) pero su corazón no resistió.

Al día siguiente al descubrimiento del cadáver, la Policía encontraba el automóvil de Juan Sáez en un céntrico barrio de Zaragoza. El coche tenía las puertas abiertas y las llaves puestas, aunque estaba perfectamente estacionado y no había signos de violencia en su interior. En el maletero se encontraron unos maletines de electrónica que Sáez empleaba habitualmente en su trabajo, pero ni una sola pista que condujese al asesino o los asesinos.

Los investigadores están convencidos de que González nunca existió, y era sólo un cebo empleado por los criminales, que jamás pudieron ser identificados. El caso quedó archivado judicialmente en 1996 por falta de avances en la investigación.

José Manuel Gabriel