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El cumpleaños de Vargas Llosa como síntoma de fin de época y el chiste de Jiménez Losantos sobre su viagra

Marzo 30, 2016
fjl

El cumpleaños que celebró Mario Vargas Llosa para gloria de Isabel Preysler fue de los que no se olvidan en años. Y es que el Nobel peruano, cumpleañero con zapatos nuevos, se abstuvo de soplar ochenta velas quizás por el esfuerzo físico y mental que le había supuesto sonreír y agradar en un eterno besamanos con cuatrocientas almas VIP.

En el Hotel Villa Magna se vislumbró un retrato propio de las fanfarrias de finales del XIX, festín promocionado horas antes por el homenajeado desde los micrófonos de Herrera con una frase no diagnosticada para diabéticos: “Si el precio por estar con la persona que ama es estar constantemente presente en los medios está totalmente dispuesto a pagarlo”.

Cuando parecía que el sobrino de la Tía Julia no iba a ir más allá, éste cortó le digestión a la beautiful people socialista, a la jet set popular, a los sudamericanos afectados por el jet lag y a la colección de políticos, plumillas, “escribidores”, modistos y famosos profesionales que se zamparon el timbal de pollo escabechado y verduras primavera con emulsión de mostaza y crujiente de kikos, las suprema de merluza, pimientos asados en josper, jugo de mejillones y azafrán y el capricho de queso y corazón de frambuesa con sorbete: “Por fin he sabido que la palabra felicidad tiene nombre y apellido: Isabel Preysler“.

Atónitos se quedaron algunos prebostes de la Transición al ver como Mario, comparado en El País con un Rolling Stone, remataba 40 años de España con un retrato donde no faltaban las sombras políticas de estos años, algunos pícaros del Ibex y famosillos varios, cóctel heterogéneo coronado por uno de los más influyentes escritores de la política española, Mario, y por una de los personajes que más portadas rosas ha acaparado, Isabel; es decir, que el ocaso de la Transición o su funeral lo firmaron un escritor avalado por dieciocho novelas y una señora avalada por tres matrimonios deluxe.

El entierro de una época que nunca volverá

Mario, dirigido por la mirada de su pareja, se mostró durante la representación entusiasmado, no solo por el gran danés que le había regalado la susodicha, sino por la presencia de los Felipe González, José María Aznar, Sebastián Piñera, Andrés Pastrana, Álvaro Uribe, Luis Alberto Lacalle, Rosa Díez, Albert Rivera, Marta Rivera de la Cruz, Esperanza Aguirre, Juan Cruz, Boris Izaguirre, Federico Jiménez Losantos, Iñaki Gabilondo, Juan Luis Cebrián, José Manuel Soria o James Costos, dream team diseñado por un niño florentinista.

Las cuatro horas de flashes, copas, canapés y sonrisas artificiales tienen algo de ocaso de Transición, algo así como como un acto improvisado o entierro de una época que no volverá, protagonizado por supuesto por los personajes principales que se han dejado ver en estas cuatro décadas de vida, tiempo rematado por varias crisis en una.

Viendo las fotos galerías de los grandes periódicos, que han cubierto con especiales el evento, este acto también tiene algo de olor a naftalina, de foto en blanco y negro que pide la compañía del huecograbado de ABC, de instantánea lejana tipo El Resplandor, con Mario interpretando a un Jack Nicholson décadas antes de su persecución con el hacha. Pero el Nobel no tenía hacha ni ganas de hablar ebrio con un barman, sino de agradar a un Sistema que lo adoptó: de la progresía de Prisa, que le brinda por varios miles un hueco privilegiado dominical en El País, al conservadurismo patrio o latinoamericano que elogia su antichavismo. Quizás es esto lo que llevó a Mario apoyar a una UPyD que no molestaba y para dar cumpleaños entre marqueses sin título y señoras estiradas que le aplauden sin ser conscientes de que se han quedado congelados en blanco y negro, como Nicholson cerca del laberinto de setos: sin ser conscientes, todos ellos, de que ya están muertos.

Federico: un indiscreto invitado

Jiménez Losantos centró su sección de crónica rosa en Es la mañana de Federico de ayer martes en afinar un peculiar monólogo sobre el cumpleaños de Vargas Llosa, al que acudió como invitado indiscreto.

El turolense, que años atrás había criticado con saña la boda de la hija de Aznar, estéticamente similar al cumpleaños de anteayer, debería leerse lo que dijo de aquel evento: “Mentiría si dijera que las imágenes de los que se casaban -parecía que más de dos, por eso digo “los Aznar“-, y la profusión de estampas -unas nobles, bastantes grotescas, y no pocas siniestras-, de los mil cien invitados a la fastuosa ceremonia socio sacramental me resultaron banalmente entretenidas, levemente aburridas o simplemente indiferentes”.

Pero Federico este lunes no solo no se aburrió, sino que al día siguiente afirmó dos veces que Iñaki Gabilondo, al que ridiculizaba con el apelativo de “Sor Iñaki“, le saludó “muy cariñoso”, sino que ejerció de cuñado gracioso: “Poner pescado para 400 personas es imposible porque nunca está al punto en todos los platos. Y es que te llega a tibio, tirando a frío”. El locutor, dolido por su devenir profesional y porque Mario eligiera hablar con Herrera en su cumpleaños en vez de entrar en su programa, de audiencia menor, se jactó del mensaje del presidente argentino Macri: “Envió un vídeo en el que le decía “Mario, tenés (sic) que darme la píldora para estar en ese estado”. Y claro, la gente decía esa píldora azul con el run run. Fue un momento de gran alborozo”.

Jorge Higueras