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Patricia y Juan Antonio, cara a cara

El beso que hizo llorar a Alejandra Ruiz Rato

Diciembre 16, 2010

La mañana dio para mucho. El citado encuentro, tal vez desencuentro, evidenció el distanciamiento, enfriamiento entre Alejandra y su padre. A primera hora de la mañana no hubo saludos ni miradas. El torero pasó de largo sin esbozarle ni siquiera una sonrisa. Fue, tres horas después, cuando la prensa reposaba en un banquillo cercano cuando Espartaco se acercó a su hija y besó tímidamente la mejilla de su hija.

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El reloj no marcaba las nueve de la mañana cuando, con paso firme, cabizbajo y sin querer hacer declaraciones, Juan Antonio RuizEspartaco’ llegaba al juzgado de familia número seis de Sevilla para responder a la demanda de divorcio interpuesta por Patricia. Diez minutos más tarde llegaba ella, acompañada por su hija Alejandra, sus dos hermanas, Aurora y Leticia, y dos de sus mejores amigas, Piluca y Pilar, que la defienden a capa y espada. Una vez producido el tenso encuentro, los abogados de las partes se reunieron para intentar llegar a un acuerdo que satisficiera a ambos. Los pasillos ardían. La guapa y tierna Alejandra esperaba con cierto desasosiego a que su madre saliera por la puerta. Ver a sus padres enfrentados en los tribunales no es fácil. Horas después, tras un trasiego importante, y ante las casi exigencias de Su Señoría, Patricia y Juan Antonio acataban el acuerdo formalizado minutos antes. Rato recibirá una indemnización de entre trescientos mil y seiscientos mil euros en concepto de dedicación a su matrimonio, una pensión de mil euros mensuales para cada uno de sus hijos y parte de los gastos extraordinarios. Así mismo, la elegante dama se quedará con la casa de Sevilla y su hija, actualmente estudiando en Madrid, se quedará viviendo en la fabulosa vivienda de la capital.
Patricia no podía más. Quería acabar con una experiencia que le ha servido para, entre otras cosas, darse cuenta de que es capaz de enfrentarse sola a una situación realmente incómoda. Ya es una mujer independiente, sin necesidad de obedecer órdenes ni pautas. Lleva semanas sin apenas pegar ojo. Todo eran reuniones hasta altas horas de la madrugada y mucho papeleo. Por suerte, todos sus propósitos parecen cumplidos. Gusta, además, que la rubia estuviera acompañada en todo momento por quienes la quieren y respetan. Sus amigas forman un escuadrón perfecto para luchar en la batalla. No es la única que ha aprendido. La joven Alejandra, que se desmoronó en algunos momentos, ha madurado a marchas forzadas. No es para nada, el mundo de colores en el que vivía se ha tornado cruel y real. Sus redondos ojos hablan por sí solos. La devoción por su madre emborracha. Haberse posicionado a su lado no sólo es un gesto de cariño desmesurado, sino un acto de valentía. Son muchos los episodios desagradables vividos y muchos los llantos. Por eso enoja que haya quien se pregunte el motivo de su decisión. ¡Ay!
La mañana dio para mucho. El citado encuentro, tal vez desencuentro, evidenció el distanciamiento, enfriamiento entre Alejandra y su padre. A primera hora de la mañana no hubo saludos ni miradas. El torero pasó de largo sin esbozarle ni siquiera una sonrisa. Fue, tres horas después, cuando la prensa reposaba en un banquillo cercano cuando Espartaco se acercó a su hija y besó tímidamente la mejilla de su hija. No hubo conversación. Ale, emocionada por lo que consideraba un gesto de acercamiento, empalideció cuando observó que al otro lado del pasillo había periodistas cumpliendo con su labor. No sería la última vez que se desmoronara. Una hora más tarde, demostrando una madurez insólita, volvió a reencontrarse con su padre. Él le pidió compasión y ella la aceptó: “aunque tendrá que ser con el tiempo, papá”, le dijo. Por suerte, como si entre ellas hubiera una conexión superior, Patricia salía airosa de una sala anexa para abrazar a su hija: “No llores, no te preocupes”, le decía con un amor indiscutible. Ella, mejor que nadie, sabe cuánto ha sufrido la joven con todo esto. Sobre todo cuando hace algunas semanas decidió ir a la casa que la familia tiene en el campo y se topó con la puerta cerrada y su habitación desmantelada. Algo increíble, que sirve para entender el desazón. Pero Alejandra no estaba sola. Sus dos tías, una de ellas salía de cuentas esa misma mañana, estaban allí para apoyarla, secar sus lágrimas y hacerle reír.
Ahora pasada la tormenta, y a la espera de la sentencia definitiva, todos parecen mucho más tranquilos. Patricia empieza a sonreír. Lo necesita a gritos. Está muy delgada, y su mirada denota que la situación le ha sobrepasado. Pero conseguirá vencer y aprender. Hay ciertas ocasiones en las que la vida te lleva por derroteros insospechados. Ahora es momento para el descanso y la reflexión.