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Don Leandro de Borbón, la historia de un anhelo no realizado: murió en una Residencia de Ancianos, con una pensión de 500 euros mensuales y sin Monasterio del Escorial, ni Panteón de Infantes, ni Misa presidida por los reyes de España

Junio 21, 2016
leandro de borbon

Los estragos de la edad, las dificultades económicas de los últimos años -una pensión de 500 euros mensuales-, y las secuelas de una neumonía padecida unos meses atrás se han llevado a don Leandro de Borbón, infante de España por deseo propio y persona de a pie por efecto de la cruda realidad, que en 2003, y por gracia de la democrática Justicia, entró en nuestras vidas como hijo no matrimonial de Alfonso XIII. Un descubrimiento para muchos, pero un secreto a voces para todos cuantos conocían de cerca la pequeña historia de nuestra dinastía. De su existencia siempre se habló sotto voce, pues hasta sabíamos que su primera esposa, María Rosario, era hermana del prestigioso genealogista Luis Vidal de Barnola y los mejor informados tenían incluso noticia clara de la manda testamentaria que su padre Alfonso XIII, dándoles a él y a su hermana María Teresa un inequívoco lugar de hijos suyos, había dejado a su favor en su testamento rogando que de aquellos dineros se ocupase como gestor el viejo conde de los Andes.

Su hermano de padre, don Juan de Borbón, siempre le dio un reconocimiento oficioso y un cierto lugar decidiendo invitarlo a sus Bodas de Oro y, aunque otra de sus hermanas de padre, la difunta infanta doña Beatriz, siempre le negó el pan y la sal, no podemos olvidar el afecto con el que nos hablada de él su otra medio hermana, la generosa, entrañable y también desaparecida infanta doña Cristina, condesa Marone, que solía recibirle en su casa de la Calle Velázquez (Madrid), dándole tratamiento de miembro de la familia sin importarle quien estuviese presente. Hasta doña Sofía, siempre ubicada, durante una visita a la Feria del Libro exclamó ante la prensa: ¡Anda!, ahí está el libro del tío Leandro el mismo año en el que él publicó su primera obra titulada El bastardo real.

Ni Monasterio del Escorial, ni Panteón de Infantes, ni Misa presidida por los reyes de España

Don Leandro fue a todas luces un personaje singular y lleno de contradicciones que pasó a formar parte de nuestra particular escopeta nacional y, a momentos, llegó a enternecernos con sus aires de príncipe real no reconocido que tuvo que encarar una tras otra innumerables frustraciones en su deseo de ver cumplido un anhelo siempre insatisfecho. Parcialmente olvidado tras sus coloridas apariciones en los platós de televisión, fallecía el viernes pasado en la Residencia de Ancianos en la que había terminado viviendo en compañía de su esposa, la segunda, Conchita de Mora, que probablemente fue el gran amor de su vida. Fue velado en el Tanatorio madrileño de San Isidro en presencia de los miembros de su familia cercana, y el domingo recibía sepultura en el Cementerio de La Almudena en circunstancias bien distintas a las que él tanto había soñado. No hubo Monasterio del Escorial, ni Panteón de Infantes, ni Misa presidida por los reyes de España, a pesar de la certeza de todos los Borbones de que él pertenecía por filiación a su raza.

Ni siquiera Luis Alfonso de Borbón, que le prestó su apoyo en los primeros tiempos, quiso estar presente pero al menos los cuatro reyes, los eméritos, y don Felipe y doña Letizia quisieron hacer oficial un reconocimiento tácito y acaso tardío de su preciado parentesco con el envío de sendos telegramas a la familia del difunto y de coronas de flores. Por fin, un reconocimiento oficial tras una vida en busca de la legitimación de su filiación, pues otros reconocimientos oficiosos e “intra familia” siempre existieron pero esos sin duda nunca le bastaron. Ni infante de España, como el gustaba de poner en sus tarjetas de visita, ni Excelentísimo Señor, ni siquiera la concesión de un ducado, un marquesado o un condado que a él le habrían alegrado la vida. Sin embargo, él siempre defendió en su peculiar manera y con toda su artillería a la monarquía, a sus sobrinos don Juan Carlos y doña Sofía, y hasta salió al paso en defensa de doña Letizia a pesar de algún sonoro “refus” que le hizo la infanta doña Pilar.

Grandes dificultades económicas

Poco le ayudaron en su caminar hacia un acercamiento verdadero a la familia real sus numerosas apariciones públicas en programas de televisión en los que, a pesar de su innegable campechanía de corte castizo y un tanto trasnochado, no consiguió estar a la altura de sus pretensiones (hasta le vimos contactando con su madre a través de la médium Ane Germain), pues aún recordamos una intervención compartida en televisión en la que entró agitado en el plató al saber que otro de los contertulios era su temida María Antonia Iglesias. Pero menos le ayudó aún el que sus graves problemas familiares se aireasen de forma pública, el que su hija Blanca participase en un reality, las declaraciones de otra de sus hijas, Mercedes, o el grueso careo que él mismo mantuvo con Blanca ante las cámaras.

Todo ello en medio de grandes dificultades económicas fruto de años de desacertadas gestiones patrimoniales, sobre un trasfondo de enfrentamientos con los hijos de su primer matrimonio que se tenían por largamente olvidados. Grandes desaciertos que muchas veces fueron consecuencia de malos consejeros, como cuando en 2010 pretendió organizar una magna reunión de Borbones -un cónclave en el Castillo de Calatrava, en Ciudad Real-, que nadie se tomó en serio, o cuando se habló de una misteriosa Finca en uno de los Reales Sitios que aún formaría parte de la herencia no repartida de Alfonso XIII a parte de la cual él tendría derecho. Cábalas de dineros posibles que nunca llegaron y que le llevaron a acercarse a otra de las descartadas del clan de los Borbones, aquella Estefanía hija de don Gonzalo de Borbón establecida en Miami y casada con un astronauta, o incluso a la aún más periférica Mercedes Licer. Descanse en paz don Leandro, aunque sea en La Almudena, porque hace ya tiempo que pasó a las genealogías oficiales de los reyes de España y no hay duda de que echaremos de menos su colorida presencia y su singular imagen de lo que él creyó siempre que debía ser un infante de España.

Ricardo Mateos