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FALLECE UNA NOBLE IRREPETIBLE (III)
Doña Elena es "la más mayestática de todos", según opina un miembro de la Diputación de la Grandeza, y cada día es más popular y se siente muy vinculada a Sevilla

Don Juan Carlos y doña Sofía reinciden con el agravio a Cayetana de Alba: también se ausentaron en los funerales de la duquesa de Medinacelli, el de la duquesa viuda de Montellano y en el del duque y la duquesa de Alburquerque

Noviembre 24, 2014

La duquesa viuda de Montellano cedió su palacio madrileño al rey emérito en sus años de estudios en Madrid
El duque y la duquesa de Alburquerque se convirtieron en fidelísimos apoyos del conde de Barcelona para cuyo servicio y apoyo dedicaron una cuantiosa parte de su hacienda
Una ausencia que daña a la imagen de la reina emérita y que casa poco con el talante de doña Sofía cuyo primer gran apoyo a su llegada a una España difícil y erizada de escollos fue la propia Cayetana


El mismo viernes en la tarde, pocas horas después del multitudinario funeral en Sevilla por Cayetana de Alba, las críticas a la familia real ya se disparaban no solamente en muchos foros sino también entre el selecto circuito de la nobleza española. Nadie parecía comprender como con dos reyes eméritos y dos reyes en ejercicio la familia real española se hizo representar únicamente por la infanta doña Elena que, paradójicamente, ya no pertenece de forma oficial a la propia familia. Nada extraño en esas críticas, en este caso más dirigidas a don Juan Carlos y a doña Sofía habida cuenta de su larguísima e histórica relación de amistad con la difunta duquesa. Sabido es que a don Juan Carlos no le gusta prodigarse en estos actos, es posible que doña Sofía no se encontrase en España (algunos afirman que continúa en Grecia), y sería comprensible que hubiesen preferido no desplazarse hasta una Sevilla muy populosa tanto por cuestiones de seguridad y de movilización de recursos como por la gran masa de gente allí congregada entre la que menudeaba multiplicidad de personajes del mundo del corazón y de la farándula.

Pero ninguna de esas razones suena suficiente para muchos que, nos dice una aristócrata gran amiga de Cayetana, “esperaban especialmente a doña Sofía en este entierro precioso y maravilloso en el que se ha tratado a la duquesa como si fuera una reina, pues no cabe duda de que era la duquesa del pueblo”. Una ausencia que daña a la imagen de la reina emérita y que casa poco con el talante de doña Sofía cuyo primer gran apoyo a su llegada a una España difícil y erizada de escollos fue la propia Cayetana. Una amistad que fue muy sólida y que se fue consolidando con los años “pues ambas compartieron siempre muchas cosas”, y por eso mismo también hay quien extraña esa otra ausencia que es la de la princesa Irene de Grecia “con quien Cayetana compartió tantas cosas en el mundo de la música al que ambas eran tan aficionadas”.

Doña Elena, la más mayestática de todos”

Una situación que a muchos aristócratas quejosos les trae al recuerdo otros agravios como la ausencia de miembros de la familia real en los funerales de otros grandes del ámbito nobiliario como la duquesa de Medinaceli, fallecida hace dos años, el de la duquesa viuda de Montellano (cuyo palacio madrileño fue cedido a don Juan Carlos en sus años de estudios en Madrid), o el duque y la duquesa de Alburquerque, fidelísimos apoyos del conde de Barcelona para cuyo servicio y apoyo dedicaron una cuantiosa parte de su hacienda. Desde Zarzuela, y dado que se trata de un acto de índole privado, no se informa sobre cuestiones como esta que, sin embargo, contribuyen siempre a granjear una mayor popularidad a la monarquía cuando desde la calle se lamenta la pérdida de una personalidad sin duda alguna grande. Pero ya se habla de que lo más probable es que don Juan Carlos y doña Sofía si puedan asistir al funeral que sin duda alguna se celebrará en Madrid en fechas próximas, en un ambiente mucho más recogido, más seguro, menos fatigoso, y al que acudirá en pleno toda la gran nobleza afincada en la capital.

Sin embargo el vacío de la familia real quedó cubierto por la presencia de doña Elena (“la más mayestática de todos” según opina un miembro de la Diputación de la Grandeza), cada día más popular y muy vinculada a Sevilla, que llegó acompañada de sus primos el príncipe Pedro de Borbón-Dos Sicilias, duque de Noto, y la princesa Cristina de Borbón-Dos Sicilias que tomaron asiento en primera fila junto al ahora duque viudo de Alba de Tormes que, curiosamente, también pasa a ser viudo de todos los otros numerosos títulos de la duquesa como el condado-ducado de Olivares, el ducado de Berwick o el marquesado de Coria. Todo ello entre un sin fin de personajes populares sin diferencia de clases, mezclado con un gran contingente de aristócratas llegados desde Madrid como Natalia Figueroa y desde Jerez que se sumaron a los grandes clanes nobles sevillanos: los Solis-Beaumont, los Atienza, los Benjumea, los Medina, los Pickman. Allí estaban los duques de Peñaranda, primos hermanos de la duquesa, y también todo el clan de los Martínez de Irujo, la amplia familia del primer esposo de Cayetana “a la que ella siempre supo cuidar tan bien a pesar de sus otros matrimonios”, y tantos otros viejos amigos como Tomás Terry o Pilar González de Gregorio que lamentando la pérdida nos confiesa: “ella siempre fue magnífica, pues me apoyo y se portó excelentemente conmigo en todo momento”.

Y mientras seguimos echando de menos a esta grande de vida tan singular, se pone en marcha el año de cortesía durante el cual todos los títulos de la difunta quedan vacantes a la espera que, cuando él así lo considere, su hijo el duque de Huescar ponga en marcha como primogénito de la casa el proceso de reclamación de las numerosas sucesiones nobiliarias siguiendo el procedimiento que exige para ello el ministerio de Justicia. Una sucesión que no es de bienes y que no aporta beneficio material alguno, puesto que se trata de meros símbolos asociados a glorias ya pasadas.

 
Ricardo Mateos