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Su cadáver fue hallado en el mar con la clavícula y la mandíbula fracturadas a golpes y con hematomas por toda la cabeza y el cuerpo

Décimo aniversario de la desaparición de Marisa Hernández, discapacitada física

Septiembre 8, 2013

Hasta ese fatídico día, San Juan de la Rambla era la típica localidad pintoresca de Canarias donde nunca pasaba nada

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Cuando estas líneas ven la luz se cumplen exactamente diez años de la desaparición de Marisa Hernández Velázquez en la pintoresca y hospitalaria localidad tinerfeña de San Juan de la Rambla, donde residía. El cadáver de Marisa, de 37 años y discapacitada psíquica, apareció dos días más tarde, el 11 de septiembre de 2003, flotando en aguas de la costa de Las Águilas. Un vecino que pasaba por la zona vio cómo la corriente mecía el cuerpo semidesnudo de una persona y no dudó en lanzarse al mar para rescatarlo.

Cuando todos los vecinos estaban convencidos de que se hallaban ante un fatídico accidente, un traspiés o un resbalón, los equipos sanitarios comunicaban a la Guardia Civil los espantosos resultados de un primer examen de urgencia del cadáver: a le habían fracturado la clavícula y la mandíbula a golpes, y presentaba numerosos hematomas por toda la cabeza y el cuerpo. La hipótesis del asesinato ya fue, a partir de entonces, la única manejada por los investigadores.

La autopsia revela una agonía y muerte horribles

Hasta ese fatídico día, San Juan de la Rambla era la típica localidad pintoresca de Canarias donde nunca pasaba nada. Situada en un enclave privilegiado al norte de Tenerife, sus 5.000 habitantes se trataban cordialmente y no se conocían problemas de convivencia especialmente graves. Aquel 11 de septiembre de 2003 todo cambió: la desconfianza, el recelo y la rabia se adueñaron del municipio, se suspendieron las fiestas patronales y se decretaron tres días de luto oficial.

Los resultados de la autopsia no tardaron en respaldar la tesis de la muerte violenta. Los forenses del Instituto Nacional de Toxicología de Canarias determinaron que el cadáver, que fue hallado sin pantalones y sin parte de la ropa interior de la mujer, había estado unas 36 horas en el agua. El empeño profesional de los especialistas llegó a determinar, incluso, que Marisa Hernández había sido atropellada por la espalda por un turismo; luego le partieron la mandíbula y un brazo a golpes, probablemente en un intento de acabar con la resistencia de la víctima; posteriormente, Marisa fue violada, probablemente por más una persona, y finalmente arrojada al mar cuando todavía tenía un hálito de vida. El tiempo que el cuerpo permaneció en las aguas se alió con los criminales, borrando todo resto de ADN de los mismos. El caso se presentaba complicado.

La Guardia Civil reconstruyó las últimas horas de vida de Marisa. La mujer, que tenía el coeficiente intelectual de una niña de cinco años debido a un accidente cuando era pequeña, salió de casa de sus padres en la mañana del 9 de septiembre de 2003 y se dirigió a la vivienda de su hermana, Dolores, a dos calles de distancia. Ésta le dio dos euros, con los que Marisa dijo que iba a tomarse un café y comprarse un cupón de la ONCE, cosa que hizo poco más tarde en la plazoleta de Las Ramblas, en el centro del pueblo. La última vez que fue vista con vida caminaba por la conocida como calle Estrecha. Ahí se pierde el rastro hasta la aparición de su cadáver en el mar dos días más tarde.

El retrato psicológico del asesino y los sospechosos

Los expertos policiales dicen que un caso de estas características es muy difícil de resolver si, transcurridos diez días, no se producen avances significativos en la investigación. Y es básicamente lo que ocurrió. Los agentes estaban convencidos de que el asesino o asesinos pertenecían al entorno más próximo a Marisa: conocían sus rutinas, sabían que era una persona muy vulnerable y habían determinado con precisión el lugar donde arrojar el cuerpo al mar para dificultar su localización.

El Equipo de la Policía Judicial de la Guardia Civil del Puerto de la Cruz estaba seguro de que el autor principal del crimen era un varón de mediana edad con dificultad para relacionarse con otras personas, vecino de la víctima y conocido tanto por ésta como por su familia. También daban por seguro que el criminal habría prestado apoyo moral a los padres de Marisa tras su desaparición, colaborado en las primeras labores de búsqueda llevadas a cabo por voluntarios del pueblo, y que, incluso, pudo haber asistido al entierro de su propia víctima.

Partiendo de esas premisas, los agentes elaboraron una lista de individuos con antecedentes por delitos sexuales -agresores o acosadores- con residencia en el municipio o con algún tipo de relación con el pueblo, y comenzaron a cruzar datos y nombres en una labor tan ardua como baldía. No había nada de nada: se toparon con una ausencia total de sospechosos.

Una llamada anónima alertó a los investigadores de la presencia de un automóvil el día de la desaparición de Marisa cerca de donde aparecerá posteriormente el cadáver. El comunicante aseguraba que el conductor había tirado un bulto pesado al mar. Los agentes localizaron el vehículo e interrogaron a su propietario, descartando su vinculación con el crimen. Después, la Guardia Civil interrogó al empleado de una gasolinera, a un carpintero del pueblo, a un joven que solía acabar sus relaciones de pareja a golpes, a otro individuo que tenía por costumbre piropear a la fallecida… Todos quedaron libres, no había pruebas determinantes ni se recuperaron nunca las prendas de ropa que faltaban al cuerpo de Marisa.

Último impulso a las pesquisas

Veinte meses después del descubrimiento del cadáver, la madre de Marisa, Dolores Velázquez, falleció, rota de dolor. El consistorio de San Juan de La Rambla también decidió abrir su propia línea de investigaciones y contrató los servicios de abogados, criminólogos y expertos en genética forense. Instaron al Instituto Nacional de Toxicología de Canarias a realizar nuevos análisis genéticos, con la esperanza de que algún detalle revelador se hubiese pasado por alto durante la primera autopsia.

En febrero de 2013, el director del Instituto, José Antonio Cuellas, explicaba que, habiendo hecho todo lo posible técnica y científicamente, habían llegado a las mismas conclusiones que diez años antes: los escasos indicios presentes en un cuerpo sumergido tantas horas en el mar impedían poder identificar el material genético de los asesinos. Cuellas se ponía de nuevo a disposición de la Guardia Civil y del juzgado para analizar con detalle cualquier nueva prueba que se solicitase y añadía que, en la investigación de este caso, no existen limitaciones materiales ni económicas.

La familia, por su parte, no pierde la esperanza, y ha habilitado un número de teléfono (667.20.22.26), una cuenta de Facebook y una dirección de correo electrónico (casomarisa@hotmail.com) para que quien pueda tener alguna información sobre el crimen la comunique de forma totalmente anónima.

José Manuel Gabriel
josemanuelgabriel@extraconfidencial.com