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DE MADERA Y ACERO

Mayo 12, 2013

En la primera mitad del siglo XIX, España, un país fundamentalmente marítimo que había dado los máximos navegantes al mundo, no podía permitirse continuar con una armada en claro declive. Era preciso renovar la flota, salir del retraso técnico y establecer las bases mínimas para volver a ser la potencia naval que exigía su historia. Como en tantas otras ocasiones no fue tarea fácil. Solo a base de tesón, como había sido siempre, logró salir del lugar en el que la habían sumido todas las convulsiones políticas y militares del siglo. Ni siquiera pudo impedirlo un nuevo tropiezo, la pérdida de buena parte de la escuadra en Cuba y Filipinas, fruto de la desidia política y el abandono.

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