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En los últimos tiempos la hemos visto en San Petersburgo o en el palacio de Buckingham luciendo el bello aderezo de esmeraldas que fue propiedad de la condesa de Romanones

Corinna, tras su ruptura definitiva con don Juan Carlos y su cercanía a los príncipes de Mónaco, a la conquista de otros intereses

Septiembre 4, 2014

Ha pasado largos meses adherida a los príncipes Alberto y Charlene de Mónaco por el deseo de su viejo amigo, el príncipe monegasco, de que fuese ella quien hiciese de guía de su desentrenada esposa
Según nos cuentan fuentes bien informadas parece que ya en tiempos del viejo príncipe Rainiero de Mónaco una joven, guapa y todavía soltera Corinna llegó al principado donde conoció al príncipe Alberto comenzando entonces su imparable ascenso social
Siempre atenta a perseguir su ambición son pocas las prebendas que puede ya obtener de su relación con don Juan Carlos hecho por el cual, nos afirma alguien del entorno aristocrático monegasco, va dejando entender a quien la quiera escuchar que lo suyo con el rey saliente de España ya es algo que pertenece al pasado
Son muchos los que comienzan a sentir compasión por la suerte de don Juan Carlos a quien, nos dice una Grande de España, no se ha rendido el homenaje que su figura merece


Pasados ya dos meses de la abdicación de don Juan Carlos, y a pesar de los vaticinios de algunos, no hemos vuelto a ver por España a Corinna zu Sayn-Wittgenstein-Sayn aunque su nombre aún continúa en todas las bocas pues en todos los mentideros aristocráticos unos y otros se preguntan qué es de ella y en qué punto se encuentra su pasada relación con el rey saliente. Algunos hablaron de su regreso a la casa de los montes de El Pardo, otros dijeron que don Juan Carlos reharía su vida con ella fuera de España exonerado ya de las tareas de la jefatura del Estado.

Pero nada de eso ha ocurrido: el rey emérito no parece haber viajado al extranjero a título privado en estos meses, y la rubia alemana que quiso mantener el apellido de su segundo marido para continuar siendo princesa parece ya pastar en otros prados más productivos que la baqueteada corte de España. En los últimos tiempos la hemos visto en San Petersburgo o en el palacio de Buckingham luciendo el bello aderezo de esmeraldas que fue propiedad de la condesa de Romanones, y hasta parece haber volado por su cuenta tras haber pasado largos meses adherida a los príncipes Alberto y Charlene de Mónaco por el deseo de su viejo amigo, el príncipe monegasco, de que fuese ella quien hiciese de guía de su desentrenada esposa.

Una reencuentro providencial para la esposa del príncipe de Mónaco

Según nos cuentan fuentes bien informadas parece que ya en tiempos del viejo príncipe Rainiero de Mónaco una joven, guapa y todavía soltera Corinna llegó al principado donde conoció al príncipe Alberto comenzando entonces su imparable ascenso social. De ahí que, tras su salida de España y el punto final oficial de su relación de amistad con don Juan Carlos, regresase al principado en busca tanto del apoyo de Alberto II como de los pingües contactos con los grandes del poder económico y de la sociedad internacional que a día de hoy menudean por Montecarlo.

Un reencuentro también providencial para el príncipe de Mónaco cuya esposa, nos cuentan, busca de forma denodada a damas de altura que puedan ayudarla a dar contenido a la Fundación que ella misma creó tras su boda y que, para su desesperación, carece de contenidos reales pues la Fondation Princesse Charlenetiene como vagos objetivos el promover el deporte, la natación y el rugby como vectores de la educación y el desarrollo de los jóvenes. Charlene busca encontrar con poco éxito su lugar como princesa consorte pero es que, también nos cuentan, su único criterio válido para poder crear nuevas amistades en su entorno más inmediato es el nivel de inglés que hablan las personas con las que se encuentra.

¿Fijará su residencia don Juan Carlos I en Suiza?

Pero hasta la prensa francesa, siempre tan al tanto de cuanto ocurre en el principado de la Costa Azul, se hace ya eco de que Corinna se ha olvidado de Charlene ocupada como está en perseguir sus propios intereses, porque siempre atenta a perseguir su ambición son pocas las prebendas que puede ya obtener de su relación con don Juan Carlos hecho por el cual, nos afirma alguien del entorno aristocrático monegasco, va dejando entender a quien la quiera escuchar que lo suyo con el rey saliente de España ya es algo que pertenece al pasado. Una excelente manera de dejar las cosas claras sin necesidad de hacer declaraciones a la prensa.

Los próximos meses nos dirán si, como afirman algunos, don Juan Carlos tiene intenciones de instalarse en Suiza para poder retomar su relación con ella, pero sería extraño en alguien como el padre de Felipe VI cuya vida ha estado siempre vinculada a España y a sus atávicos problemas desde su más tierna infancia. De hecho, pasados ya dos meses de la abdicación nada parece indicar movimientos de ese tipo en el palacio de la Zarzuela, el rey saliente va recuperando tibiamente sus tareas de representación en nombre de su hijo (alguien que estuvo con él hace unas semanas lo encontró muy bien de cabeza), y son muchos los que comienzan a sentir compasión por la suerte de don Juan Carlos a quien, nos dice una Grande de España, no se ha rendido el homenaje que su figura merece.

Un divorcio bastante improbable

Y es que, según esta misma fuente, que es buena conocedora de esa cuestión, la famosa cacería en Botswana que hace dos años hizo flaquear el trono de España no supuso gasto alguno para las arcas del Estado puesto que fue una invitación a gastos pagados del magnate sirio Mohamed Eday Kayali, representante de los intereses de la familia real saudí en España, en agradecimiento por la firma de unos contratos para empresas españolas. Sin embargo, menudean las informaciones (generalmente hijas de la especulación, de la necesidad de titulares, y quizá del deseo ferviente de algunos), sobre un posible e inminente divorcio de don Juan Carlos y doña Sofía. 

Una posibilidad absolutamente ajena a la tradición de la monarquía española, y seguramente también a la voluntad de doña Sofía, y que solamente tendría sentido de necesidad real en el caso de existir la voluntad por parte de alguno de los cónyuges de pasar a segundas nupcias. De hecho, las separaciones extra oficiales han sido y continúan siendo fórmulas comunes y normalizadas para salvar este tipo de situaciones en el conjunto de las monarquías europeas (ahí están los casos de los españoles Alfonso XIII y Victoria Eugenia, o de los reyes italianos Umberto II y María José), que denodadamente han buscado siempre evitar los divorcios con su secuela de múltiples complicaciones personales, familiares, económicas y de imagen pública de la dinastía.

Ricardo Mateos