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Ana María Torres y Oscar Arroyo encontraron la muerte a manos de unos desconocidos que, además, violaron a la joven

Continúa sin esclarecerse el crimen de los novios de Jaén, asesinados a tiros hace 22 años

Junio 8, 2014
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Ana María Torres Castillo, de 19 años, y su novio, Oscar Arroyo Cámara, de 21, fueron asesinados el 7 de junio de 1992 por disparos de escopeta de cañones recortados, en una zona conocida como camino de Las Cuevas, a las afueras de Jaén, lugar frecuentado por jóvenes parejas. Los cadáveres fueron descubiertos al día siguiente por un pastor. El cuerpo de Oscar apareció desnudo dentro de su automóvil. Presentaba un disparo en el hombro y otro en la cabeza, realizados a muy corta distancia, a través de la ventanilla del conductor. El cuerpo de Ana María apareció a unos 300 metros del automóvil, con un disparo en la espalda y otro en la nuca, realizados mientras la mujer estaba de rodillas. Presentaba también señales de estrangulamiento y había sido violada por, al menos, dos personas. Tanto el arma homicida como los cartuchos nunca han aparecido.

La escena del crimen y el mendigo que lo vio todo
 
La Policía encargó el caso a 12 agentes, que tomaron declaración a familiares y amigos de los jóvenes así como a los propietarios de las fincas cercanas al lugar de los hechos. También se hizo un llamamiento público para que compareciese la dueña de unos zapatos encontrados en la escena del crimen. Los investigadores sospechaban que esta mujer presenció los asesinatos y perdió los zapatos huyendo del lugar. Se indagó en zapaterías y mercadillos, sin éxito, y esta pista no condujo a nada. En total, fueron interrogadas 400 personas y se investigó el paradero de 4.000 vehículos, ya que en el lugar del doble crimen había huellas de cinco automóviles. La Policía hizo un llamamiento desesperado a la colaboración ciudadana, que tampoco sirvió de mucho.
 
En mayo de 1994, la Audiencia de Jaén archiva el sumario sin haber logrado esclarecer el suceso. En febrero de 1995 el caso da un vuelco con el testimonio de Benito Collado, un indigente que dice haber presenciado los hechos y que denuncia a dos delincuentes comunes, Juan Domingo León y José Miguel Núñez, tío y sobrino, como responsables. Collado también asegura que ambos han estado alardeando de los asesinatos. Los dos sospechosos son inmediatamente detenidos en su cortijo, La Casimira, muy próximo al lugar donde se habían perpetrado los asesinatos.
 
Los análisis biológicos perdidos y las pruebas inconsistentes
 
La prueba de ADN reveló una elevada coincidencia genética entre el acusado José Miguel Núñez y dos cabellos encontrados en las ropas de Ana María Torres pero, para asombro de propios y extraños, el resultado de las pruebas biológicas realizadas en la cátedra de Medicina Legal de Granada se traspapela y llega al juzgado con una demora inaceptable. Para colmo de males, cuando el magistrado instructor pide a la Policía la serie de fotografías tomadas en la escena del crimen, éstos responden que la cámara que llevaban no tenía carrete y, por tanto, no disponen de ninguna imagen. Las huellas dactilares tomadas por la Policía Científica tampoco presentaban una fiabilidad técnica suficiente como para ser consideradas pruebas y fueron desestimadas. Sólo quedaba el testimonio del indigente y con estos mimbres, finalmente, el 15 de enero de 1997 comenzaba el juicio oral.
 
El fiscal pedía 96 años de cárcel para cada uno de los acusados, mientras que la acusación particular reclamaba 98 años. Los detenidos estaban acusados, cada uno, de dos delitos de homicidio, dos delitos de violación, uno de detención ilegal y otro de tenencia ilícita de armas. Las defensas solicitaban la absolución al entender que no existían pruebas concluyentes. Los acusados reclamaron su inocencia y dijeron que la Policía había pagado al testigo Benito Collado para que les delatase. Ambos explicaron que se encontraban en otros lugares la noche de los asesinatos. Entre el centenar de testigos que declararon se encontraba el propio indigente, una persona con un bajo nivel cultural, que incluso tenía problemas para entender al juez y que incurrió en numerosas contradicciones a lo largo de su testimonio.
 
Finalmente, el 17 de enero de 1997, la Audiencia de Jaén absolvía a Núñez y León por falta de pruebas. Las familias de los novios asesinados mostraron su indignación por el fallo y señalaron que las contradicciones del testigo obedecían a que había sido amenazado de muerte por uno de los acusados y al hostigamiento sufrido mediante un interrogatorio plagado de vocablos técnico-judiciales. Esa misma noche, los dos sospechosos abandonaban la prisión de Jaén.
 
Otro juicio, otra absolución, otro crimen impune
 
En febrero de 1998, el Tribunal Supremo obligaba a repetir el juicio tras admitir los recursos de la Fiscalía y la acusación particular. El Supremo también ordenaba que se admitiesen como pruebas las 60 cintas con conversaciones entre los dos acusados grabadas legalmente por la Policía en la celda que ambos ocupaban en la cárcel. En ellas se escucha a Juan Domingo León decir “tenemos que ir a por esas armas, las que tú sabes” o “¿qué te ha hecho esa gente para matarlos?”. Sin embargo, a lo largo de la nueva vista los testigos también incurrieron en contradicciones y se les hacía difícil recordar hechos acaecidos 6 años antes. El mendigo Benito Collado se reafirmó en que había visto a los dos sospechosos, armados con un cuchillo y una escopeta, la noche de autos, y que tenían retenida a la joven que luego apareció asesinada.
 
En julio de 1999, la Audiencia de Jaén absolvía, por segunda vez, a los dos acusados por falta de pruebas, en una sentencia que no consideraba las grabaciones pruebas determinantes, debido a su mala calidad y a lo ininteligible de algunos fragmentos. El fallo también decía que el mendigo Collado no gozaba de absoluta y total credibilidad. El caso fue archivado definitivamente por el Tribunal Supremo en 2001 al cumplirse el tiempo legal para su prescripción.
 
José Manuel Gabriel