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Princesa sin sonrisa

Charlene de Mónaco: ¿El sacrificio de Ifigenia?

Julio 3, 2011
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Nos cuenta Homero en la Ilíada que tras diez largos años de guerra los griegos solo pudieron tomar Troya tras ofrecer la vida de la princesa Ifigenia en sacrificio a los dioses. Y tal pareciera ser el caso de una tristísima Charlene Wittstock que el día de su grandiosa boda religiosa apenas si podía esforzarse por componer una casi insostenible sonrisa. Con aspecto amedrentado y casi ausente la nueva princesa de Mónaco, la nueva Alteza Serenísima, despertaba ternura y compasión, y solo pudo romperse a llorar (¿de emoción; acaso de desolación?) en la recoleta capilla de Santa Devota en la que, en buena tradición católica, depositó su ramo de novia. Curioso contraste con un Mónaco en fiesta maravillosamente ornamentado en el que el bello interior del palacio de los Grimaldi parecía un enorme pastel de bodas al mejor estilo Wilton, y el magnífico traje de la novia, con 20 metros de cola, 40.000 piedras, 30.000 cristales de Swarosvski, y 10.000 lágrimas de nácar hacía parecer a una elegante Charlene más princesa que nunca. Pero como en todo gran espectáculo en la mejor tradición de Hollywood (Roger Moore obliga), el show debe continuar. Ni la conmovedora Misa de la Coronación de Mozart, que siempre suma, conseguía levantar la emoción entre los presentes y solamente el día anterior, en la boda civil, una Estefanía de Mónaco, más princesa que nunca y con una fuerte retirada a Geraldine Chaplin, aportaba ese casi único toque de verdadera emoción tan esperado por todos.

Todo un desfile de realeza

Pero allí estaban, como nunca, todos los príncipes de Europa a quienes hacía años que no veíamos juntos. Los reinantes y los destronados, toda una galaxia de Altezas Imperiales, Reales y Serenísimas entre quienes no faltaron Farah de Irán, salida por un momento de su duelo casi permanente; la sin par gran duquesa María de Rusia con su aspecto de Matrioska rusa (dias antes había pasado por un joyero de Madrid para componer su aderezo en forma de Kokoshnik); Luís Alfonso de Borbón, que tuvo que encontrarse con su oponente dinástico el conde de París; y hasta los protagonistas de la próxima gran boda del Gotha: el príncipe Jorge Federico de Prusia y su novia la princesa Sofía de Isenburg. Pero por todas partes se notaba la gran ausencia de la familia real española que, encerrada en un extraño mutismo, prefirió no asistir por razones desconocidas pero que quizá no sean difíciles de adivinar.

La ausencia española

Una ausencia singularísima que llama aún más la atención por coincidir con otras dos también notabilísimas de familias de su círculo más cercano: las casas reales de Grecia y de Bulgaria. Todavía el jueves pasado Zarzuela ni confirmaba ni negaba la asistencia de los Borbones de España a tan magno evento aumentando con ello la incertidumbre. Y todos rebuscábamos en las distintas listas de invitados, algunas muy singulares en las que se incluía hasta al príncipe Gregory de las Dos Sicilias que en esos días se encontraba de viaje por Sicilia. Las explicaciones han sido para todos los gustos. Para algunos el enfado del rey con Alberto de Mónaco por impedir el éxito de la candidatura de Madrid a los Juegos Olímpicos es explicación suficiente. Otros afirman que solamente se había invitado a don Juan Carlos y que a última hora, y por imposibilidad física del rey de asistir, la invitación se hizo extensiva a los príncipes de Asturias que decidieron no ir. Hay quien apunta, incluso, a disensiones de mayor calado en el seno de la familia real española. Y hasta algunos legitimistas franceses aducen que podría ser que el rey no haya querido estar en un acto al que Luís Alfonso de Borbón asistía como duque de Anjou en calidad de jefe de la casa real de Francia. ¿O será acaso que a última hora el rey de España prefirió abstenerse de enviar a alguien de su familia a una boda envuelta en intereses comerciales y empañada por el escándalo antes de empezar?

Sea cual sea la explicación la ausencia de la familia real española se ha hecho sentir fuertemente en uno de esos ya muy escasos encuentros reales de gran envergadura, como pudo apreciarse en la noche de la boda con todos los invitados regios ornados con sus mejores galas y joyas para asistir a la cena de gala seguida de baile en el bello edificio de la Ópera Garnier de Mónaco. Cosas veredes y no hay duda de que en próximos días iremos sabiendo más sobre la polémica ausencia de la familia real española, y también veremos si los cada vez mas fundados rumores de nuevas paternidades extramatrimoniales de Alberto de Mónaco se confirman y si la nueva princesa Charlene de Mónaco, a quien todavía le espera una gran fiesta en su Sudáfrica natal, recobra la verdadera sonrisa.  

Ricardo Mateos