Menú Portada
Suenan campanas de boda

Cayetana de Alba y Alfonso Díez se casarán en casa

Abril 17, 2011

La única condición impuesta por el novio es que todos aprueben y bendigan. Suerte que los más reticentes empiezan a doblegar. Cambian, a marchas forzadas, su equivocada impresión sobre ese al que tildaban de trincón y aprovechado. O tal parece. Creyeron que arramblaría con el patrimonio y se revolvieron con total sinsentido.

pq_927_alfonsito.jpg

Día histórico el que se vivió el pasado sábado en Barcelona. La Duquesa de Alba, madrina del crucero Marina, acudió acompañada por Alfonso Díez en un ademán elegante y diferenciador, grito de “aquí estoy yo” que molesta y enfurece a los patriotas conservadores. Fuimos los primeros en informar sobre la reentré catalana de los tórtolos. Resultado ejemplarizante de organizadores profesionales y mucha simpatía. No es para menos. La Duquesa no dejaba de ensalzar el buen trato dispensado en el insigne buque que les ha acogido durante unos largos y aparatosos días: “me mareo, pero aquí apenas noto cómo se mueve”, dijo con un hilo de voz que es más fuerte a sus ochenta y cinco años. Más bien parecía una quinceañera con cardado preciso y apuntillado. Cayetana desprendía una vitalidad que algunos tachan y reprochan. Envidia malsana, puesto que la aristócrata luce un esplendor cuasi pasmoso cuando le retratan junto a un Alfonso nada alopécico ni siliconado como verdulean los que no acceden a él. Ríen a mandíbula batiente con objetivo quisquilloso y metomentodo. No se dan cuenta de que a la Duquesa le resbalan los dimes y los diretes. Ni siquiera han logrado atormentarla con el desmelenado pasado de don Alfonso. Menos mal, pues lo suyo es un hito a la perseverancia. Viven ajenos a los comentarios vilipendiadores, quizás porque no tendrían tiempo para estar de abogado en abogado buscándoles las cosquillas.
 
Hacen bien, sobre todo ahora que lanzan fechas de boda a babor y a estribor. Nunca aciertan, claro. Ratón que te pilla el gato. La Duquesa y Alfonso siguen teniendo interés en casarse. Lo harán a principios del año venidero, por la Iglesia y en el refugio andaluz de la aristócrata. Puede que empleen la capilla donde la señora reza y se confiesa para dar el sí quiero veloz y embobador. No hay fecha exacta, tampoco vestuario escogido ni danzadores contratados. Tiempo al tiempo, sobre todo porque es un casamiento que todavía produce descamación en los vástagos incendiadores. La única condición impuesta por el novio es que todos aprueben y bendigan. Suerte que los más reticentes empiezan a doblegar. Cambian, a marchas forzadas, su equivocada impresión sobre ese al que tildaban de trincón y aprovechado. O tal parece. Creyeron que arramblaría con el patrimonio y se revolvieron con total sinsentido. Puede que, a pesar de los pesares, el más intolerante sea Fernando, quién todavía se resiste a comprender la repentina re juventud de su madre. Eugenia ya transige y tuerce el morro cuando escucha críticas polvorientas. El jinete, incluso, ha aceptado a carearse con él en un almuerzo que acabó en abrazo conciliador. Y lo demás es pan comido. No es tan fiero el león como lo pintan, y más cuando ha puesto sobre la mesa su renuncia abotonada a casas, herencias y títulos. Puede que su falta de arrogancia haya conmovido lo suficiente y necesario.
 
Polémica tras polémica. La emisión de su vida en una serie de guión avinagrado ha provocado un rebote sonado en Cayetana de Alba. Cree que es desmedida la exageración de sus interpretadoras. Nada encaja, ni siquiera el pensar de los hijos sobre ese Jesús Aguirre que tanto hizo por la Institución. Corregido y aumentado. Eso sí, nada hay de cierto en los abalorios demandadores que le atribuyen tras la programación de la miniserie. Cayetana no denunciará a Telecinco como se empecinan. Inventan incluso entrecomillados que la celebérrima niega y reniega. Esos que antaño lanzaron dardos envenenados, ahora los reciben con cierta alevosía. Ay, ay, ay. Aquello sí que fue un grito a la maledicencia más burda y pastosa. Quién se encargó de sembrar hedores halitósicos recoge ahora tempestades multicolores. C’est la vie.
 
Por Saúl Ortiz