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La actriz revivió su posado

Ana Obregón: “Puedo decir que soy feliz”

Junio 22, 2010
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Con puntualidad británica. Ataviada con un espectacular vestido en color plateado de Herve Legar (exclusivo modelo que triunfa entre las celebrities de Hollywood) Ana García Obregón apareció como una exhalación en la quinta planta del Hotel Aguas de Ibiza. Ante ella, el director del establecimiento –una especie de edén construido en una de las zonas más acomodadas de Santa Eulalia del Río- y cerca de cincuenta periodistas de prensa, radio y televisión. El traqueteo de los flashes no se hizo esperar. «Ana, mira aquí», repetían unos y otros para reclamar su atención. Ana estaba pletórica. Lucía un bronceado casi dorado, conseguido a base de cápsulas de Arkosol, uno de los milagrosos productos que aceleran el bronceado, alargan su duración y evitan quemaduras solares: «Te prometo que lo tomo todos los años y consigo ponerme morena en muy pocos días», me espetó la bióloga cuando le pregunté por su eficacia. Algo que ya me había reseñado Sonia Sánchez, organizadora del evento y directora de El Acanto Producciones, quien se ha desvivido por atender y cuidar a todos los periodistas que nos trasladamos hasta la isla blanca. No es raro, entonces, que Obregón haya depositado toda su confianza en ella y en sus dos manos derechas, Pedro e Isaac-Dos Puntos, con los que forma un equipo perfectamente coordinado y organizado.

 
Entrevista tras entrevista, Obregón demostró estar en uno de sus mejores momentos personales. Derrochó simpatía, contó anécdotas y se mostró llana, sincera y menos divagadora que en otras ocasiones. Ya no queda mucho de aquella Anita ‘La fantástica’ que desbarraba sin ton ni son: «He cambiado mucho pero todavía soy igual de divertida y dicharachera». Doy fe. Es única. Los días en Ibiza junto a ella han sido un continuo devenir de anécdotas y chistes: «Estoy un poco desesperada porque todos los días entra en mi habitación una gaviota y me roba el cruasán», me espetó completamente seria a las dos horas de aterrizar. Obregonada, pensé. Pero no. Anita había inmortalizado el momento con su móvil y lo mostraba para atestiguar su insólita vivencia. Y es que a Ana le ocurren cosas de lo más surrealista. Algo de lo que habló durante las más de cinco horas de entrevistas que tuvieron que pararse para bajar a la pequeña cala frente al hotel donde se desplegó un arsenal de carteles promocionales de Arkosol. Ana en esta ocasión vistió un triquini de la diseñadora Piluca Bayarri. La actriz no quiso descubrirse totalmente, no porque no tenga una figura de infarto, sino porque no quería desvirtuar el motivo de su presencia allí: el décimo aniversario de la firma de la que es imagen. Sus ojos brillaban: «puedo decir que soy feliz», me dijo con una gran y marcada sonrisa. A pesar de que, finalmente, su hijo se irá a estudiar al extranjero, donde ella también viajará a principios del año que viene «para presentar un programa de televisión en Univisión». Será un éxito.
 
Sorprendió que horas antes, Ana estuviera taquicárdica. Lleva toda la vida en el medio y todavía siente mariposas en el estómago. Reencontrarse con la prensa sigue provocándole nervios, incluso angustia y malestar. Sabe que todas sus palabras son analizadas hasta el extremo. Sabe, además, que no es bien querida por todos los periodistas. Algunos la atacan despiadadamente. Alegan que está envejecida y que ya no despierta interés en los medios. Absurdo. Más de una veinteañera quisiera lucir la lozanía de la Obregón. Y más cuando todos los periódicos nacionales han llevado a página la reentré veraniega de la actriz en Ibiza. No es cierto que Ana ya no vende como antes. Tampoco ella lo busca. Resulta incoherente pensar que ya no es uno de los personajes más buscados por los periodistas. Sus palabras valen, todavía, muchos euros. Mueve mucho dinero, a pesar de lo que digan. Todos los días las principales agencias de prensa del país venden imágenes suyas en todo tipo de situaciones: comprándose ropa, tomando el sol o de cena con amigos: «me persiguen a todos los sitios pero yo también entiendo que es su trabajo e intento no ser borde con ellos». Nadie puede tener queja en ese sentido, salvo aquel día en el que fue madre antes que famosa y protegió a su hijo de los embistes de la prensa.
 
Tras el esperadísimo posado veraniego, la organización deleitó a prensa y clientes del hotel con un espectacular desfile de bañadores de la firma Es Colletion, en el que, entre otros, participó la conocida reportera Cristina Pedroche. Gustó la música escogida y la belleza desmedida de los maniquís. Alucinan con los rellenos que la firma de ropa de baño masculina ha incluido en algunas de las prendas de la nueva colección. Fue el mejor broche de oro para una jornada que será recordada «in eternum». Cerca de las doce de la noche, una Obregón que se había pintado las uñas «aunque yo no sirvo porque nunca consigo que se me queden perfectas» subió a la habitación cuatrocientos uno del hotel, se despojó de su carísimo vestido vintage y dejó caer, sobre la cama, a la auténtica Ana Obregón: la mujer a la que muy pocos tienen la suerte de conocer.
 
Por Saúl Ortiz (saul@extraconfidencial.com)