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Javier Saavedra, defenestrado por los padres de la Obregón, asegura poseer un título nobiliario

Ana García Obregón tenía amenazado a su servicio doméstico

Junio 6, 2008

Las desgracias nunca vienen solas. Interviu publica nuevas conversaciones que dejan al descubierto la otra cara de Ana García Obregón. Y, mientras, su ex abogado Javier Saavedra desempolva un título nobiliario que asegura poseer.

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La revista Interviú sigue tirando de la manta. A los datos, más que contrastados y veraces, que ofrecieron en ediciones anteriores se suma ahora una información que compromete todavía más a la actriz Ana García Obregón y al jefe de su seguridad, Eloy Sánchez Barba, encarcelado por inducción a un asesinato, y que esboza con meticulosidad la personalidad de ambos. El reportaje, centrado en las conversaciones que Eloy mantuvo con conocidos reporteros y paparazzis, se descubre que filtraba información confidencial a cambio de dinero: “¿Te interesa Luis Alfonso de Borbón? Está hospedado en el mismo hotel que Chayane” le espetó telefónicamente a uno de los periodistas. No sólo eso, pues en una de las conversaciones de marras, Eloy confiesa conocer a Ginés, el sherif de Coslada, a quien tilda de “hijo de puta” sin que eso le suponga un quiebro en la voz. Sin embargo, sorprende hasta la extenuación que Eloy confesara abiertamente que la Obregón tenía amenazado a su servicio: “Ha amenazado a su servicio. A quien hable mal de ella le hunde la vida” asegura en una de las conversaciones. No es de extrañar, pues extraconfidencial.com ha publicado en rigurosa exclusiva todas y cada una de las denuncias que sus empleados han interpuesto en su contra. Y lo que te rondaré morena.

Un barón por abogado

Y, ante todo esto, Javier Saavedra solicitó unas medidas cautelares que fueron desestimadas ipso facto. Craso error, pues pese a tener una imagen poco o nada acorde, lo cierto es que el abogado del sombrerito confiesa poseer un título nobiliario desde hace años, que le sirve para decorar una de las paredes de su domicilio en Madrid. Barón a dedillo, pues asegura que un conde de un país de cuyo nombre no quiere acordarse, le colgó el título al cuello y brindó por él. Tanta suerte salpicó también a su mujer Angustias, que se convirtió por arte de birlibirloque en ilustre personalidad de la nobleza bajo el epígrafe de doña Angus, baronesa. No sólo eso, pues quienes vivieron aquella época cuentan que las invitaciones de su boda iban dibujadas con pequeñas coronas como si se tratara la boda del mismísimo Príncipe de Asturias. Hay quien todavía anda un tanto descompuesto, al borde del parraque, ante una información que suena a música intestinal. Tanto o más que las declaraciones que concedió Javier Rigau, su fiel pasante tal y como desvelamos en exclusiva en este medio hace algunos meses, amedrentando bruscamente al jerezano Jaime Cantizano. Le espetó que antes de ser presentador debía ser persona, algo que chirrió y hasta desencajó en las tertulias del colorín. Cuentan, dicen y hasta aseguran que Javier Rigau tiene caspa por neuronas. Nadie comprende su animadversión hacia un Jaime Cantizano que empieza a cansarse de tanto vaivén informativo. El empresario catalán, siempre rodeado de mozarronas que guardan sus cabellos en armarios empotrados hasta el amanecer,  ejerce de fiel pasante de un Javier Saavedra (tal y como desvelamos en exclusiva) recientemente defenestrado por la familia de Obregón, excelentísima caballera en tiempos de roce con el Conde Lequio. Me cuentan que el leguleyo, barón en espera, está con el morro torcido desde que se enteró que los padres de Anita habían decidido prescindir de sus servicios y contratar a uno de los mejores penalistas que tiene a sus espaldas casos de sociedades y empresario de cierto relumbrón social. A Saavedra se le cayó la pamela al suelo cuando descubrió que no tendría potestad para defender a una de sus míticas clientas. Injusticia malvada que le ha dejado compuesto y sin Ana. Suerte que, amén de una relación laboral que despega párpados adormecidos, Anita y Javichu mantienen una amistad que ni Fernando Esteso y Andrés Pajares cuando entretenían con sus interpretaciones. Sin comentario final.

Por Saúl Ortiz