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Los reyes Felipe VI y Letizia no enviaron representación oficial a la primera gran boda real del año, dada su apretada agenda

Amadeo de Bélgica-Elisabetta “(Lili”) Rosboch von Wolkenstein: una boda real con sabor romano

Julio 6, 2014

Ella lució traje de Valentino, un velo histórico de la dinastía belga, y un valioso aderezo de perlas y diamantes (la misma diadema de Cartier que llevó la reina Matilde en su boda)

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Los nuevos reyes de España continúan con su apretada agenda veraniega, pues tras su paso por Roma (orquestado el primero no por otorgarle prioridad sobre otros destinos sino por meras cuestiones de agenda del Papa Francisco que hubieran supuesto un aplazamiento excesivo en el tiempo), hoy lunes es el turno de Lisboa, donde don Felipe y doña Letizia pasarán solamente unas horas. El tiempo justo para las primeras presentaciones y las necesarias cortesías (no es una visita de estado), pues no habrá cena de gala en el Palacio de Ajuda sino solamente un almuerzo en el hermoso Palacio de Queluz tras el cual regresarán a Madrid. La semana próxima tocará Marruecos (será el singular Mohamed VI quien decida el lugar de encuentro), siete días después será el turno de París, y a vuelta de verano se irán estructurando las próximas visitas a las cortes europeas para que los reyes puedan saludar a sus primos y correligionarios de las distintas monarquías, siendo de esperar que los primeros saludos sean para Isabel de Inglaterra como decana de los monarcas del continente.

Mucho quehacer para los reyes, que no enviaron representación oficial a la primera gran boda real del año que se celebró en Roma el sábado pasado día 5: la del príncipe Amadeo de Bélgica, sobrino del rey Felipe, con la aristócrata Elisabetta “(Lili”) Rosboch von Wolkenstein. Días antes la pareja había abandonado su residencia en Nueva York -ahora se instalarán en Bruselas donde ambos continuarán con sus actividades profesionales-, y la boda se orquestó al día siguiente del 55 aniversario del matrimonio de los abuelos del novio, los reyes Alberto y Paola, congregando a toda la familia real belga, con excepción de la anciana reina Fabiola, que pasa por horas bajas a causa de las disensiones que parecen existir desde hace meses entre los reyes salientes y los nuevos reyes.

Celebración religiosa oficiada en tres idiomas

Sin embargo, y a pesar de esas disensiones, la boda fue jovial y festiva y tuvo un marcado sabor romano con la celebración religiosa oficiada en italiano, francés y alemán por el antiguo arzobispo de Malinas en la emblemática Iglesia de Santa María, en el corazón del Trastevere, y la cena y baile posteriores en la magnífica Villa Médicis romana según se supo días antes por una filtración accidental del príncipe Radu de Rumania. La novia, que por el momento no será princesa de Bélgica sino solamente archiduquesa de Austria-Este, que es el otro título del novio, llevó traje de Valentino, un velo histórico de la dinastía belga, y un valioso aderezo de perlas y diamantes (la misma diadema de Cartier que llevó la reina Matilde en su boda) en medio de una nutrida representación del Gotha europeo y de la gran nobleza romana.

Entre ellos la princesa Beatriz de York, nieta de la reina de Inglaterra, que es amiga personal del novio, numerosos archiduques de Austria, varios miembros de la casa gran ducal de Luxemburgo, los príncipes Nicolás y Felipe de Liechtenstein, el príncipe Nicolás de Rumania, condes de Arco-Zinneberg, y todo un contingente de Agnellis, Caracciolos, Borromeos, o príncipes de Windisch-Graetz. Una boda que se planteó discreta y que prefirió sacarse de Bélgica para no levantar críticas en un país en el que la monarquía pasa por horas bajas, y en la que destacó por derecho propio la elegancia incuestionable de la reina Matilde, enfundada en traje azul de seda de Edouard Vermeulen completado por un original bandeau color beige, que contrastaba con el aspecto avejentado de la reina Paola y con la sobriedad un tanto deslavada de la madre del novio, la princesa Astrid.

La realeza europea, a la espera de la segunda gran boda

Pero la realeza europea ya espera también la segunda gran boda del verano que, aunque de un no reinante, reunirá a una nutridísima representación de las más importantes familias del Gotha. El matrimonio del príncipe François de Orleans con la baronesa Teresa von Einsiedel que se celebrará este mismo mes en el castillo de Niederaichbach que es propiedad de la familia de la novia. Allí se espera toda una cohorte de príncipes de Orleans, pues el novio es hijo del príncipe Michel y de la ubicua princesa Beatriz, siempre asidua de los grandes saraos madrileños, además de príncipes de Luxemburgo, de Thurn und Taxis, y de las más importantes familias de la gran aristocracia alemana.

Entre tanto ya sabemos que tras el anuncio de su compromiso, el príncipe Carlos Felipe de Suecia y su prometida Sofia Hellqvist pasarán a residir a la Villa Solbaken, que los hijos del rey de Suecia recibieron como herencia de su tía abuela la princesa Lilian a la que siempre estuvieron tan unidos. Una villa de notable porte a poca distancia de Estocolmo que ahora tendrá que acondicionarse para sus nuevos inquilinos. Y desde Serbia llegan noticias de cómo la princesa Elisabeth de Yugoslavia, la madre de aquella guapa actriz Catherine Oxenberg que se hizo famosa en la escena norteamericana por la serie “Dinastía”, ha conseguido recuperar tras un largo proceso judicial la Villa Montenegrin que fue propiedad de su padre el príncipe regente Pablo y que tras la caída de la monarquía en 1945 fue incautada a su familia.

Ricardo Mateos