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Este pasado fin de semana

Alfonso Díez le jura amor eterno a la Duquesa

Noviembre 23, 2010

Antes de regresar a Madrid, embriagado por la tristeza del adiós, Alfonso la miró arrebolado, con las mejillas encendidas. Sus labios sólo pronunciaron palabras de amor. Esas interminables letras con las que le agasaja en cada encuentro. Lo suyo no es pasión, pero sí una especie de devoción que enloquece. Por eso no dudó en prometerle que siempre, pase lo que pase, estará a su lado.

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Nervioso como un colegial. Sonrojado y hasta turbado. El reencuentro de Alfonso Díez y la Duquesa de Alba no pudo ser más emotivo. Sobre todo porque hacía varias semanas que sólo mantenían contacto telefónico. Cayetana reclamaba su presencia física. Se lo recordaba en cada conversación. Ella, que conoce de la azarosa vida profesional de su bienquerido compañero, no puede ocultar su impaciencia cuando la vida aprieta. Por eso, verlo acceder al Palacio de Dueñas supuso una nueva inyección de vitalidad y esplendor. El funcionario lo tenía claro. Quería festejar su reciente cumpleaños a su lado. Saborear esa ilusión de cumplir un año más cerca de la mujer que le hace completamente feliz. Para él, ésta es una relación extremadamente importante, no sólo por el aprendizaje diario, sino también por la responsabilidad de alternar con alguien de su estatus social. Alfonso es plenamente consciente de que es el centro de todas las miradas. Sabe que es analizado continuamente por quienes les observan escépticamente. Pero eso le hace más fuerte. No cabe duda de que lo más importante es el palpitante deseo de una octogenaria que ha depositado en él todas sus esperanzas y, por qué no, también todos sus sueños. Es, para ella, una especie de salvador. Y Díez no puede contener las lágrimas cuando ella se lo recuerda con el alma hecha jirones.  
 
No hay más que verla. Todos, incluso sus detractores, coinciden en que su vitalidad procede, en gran parte, de ese revoloteo que siente cuando le piensa. El doctor Trujillo ha hecho el resto. Con él, precisamente, mantuvieron un encuentro este pasado fin de semana en Sevilla. Me cuentan que la conversación no pudo ser más animada y sincera. Trujillo no se cansa de ensalzar la entereza de su paciente, y sin embargo amiga. No se puede negar que este nuevo encuentro les ha unido más. Cayetana y Alfonso se sienten muy cerca. Antes de partir a Madrid, embriagado por la tristeza del adiós, Alfonso la miró arrebolado, con las mejillas encendidas. Sus labios sólo pronunciaron palabras de amor. Esas interminables letras con las que le agasaja en cada encuentro. Lo suyo no es pasión, pero sí una especie de devoción que enloquece. Por eso no dudó en prometerle que siempre, pase lo que pase, estará a su lado. Cuidándola y respetándola hasta el último de los días. Un juramento que emociona, sobre todo por lo sincero y desinteresado. En su emocionado discurso destacó la insistencia en recordarle que no pretende ser heredero de ningún patrimonio. Eso es propiedad de unos hijos que empiezan a entender, quizás valorar, el cariño de un hombre que no busca nada. Quién sabe si pronto, muy pronto, existe esa reunión que todos necesitan. Ellos también se enamorarían de él.
 
Por Saúl Ortiz