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El cadáver nunca ha aparecido y se sospecha que pueda estar enterrado en el hormigón de un pilar de una autopista

Al servicio del clan de los Charlines: se cumplen 10 años del asesinato de Fernando Caldas Villar, al que la Policía vinculaba con tramas gallegas de la droga

Julio 15, 2015

El joven, de 28 años, empleado de una tienda de telefonía móvil de Vilagarcía (Pontevedra), desapareció el 16 de julio de 2004 en Bertamiráns, junto a Santiago de Compostela, y su cuerpo nunca ha sido encontrado a pesar de los esfuerzos policiales y de que 10 presuntos narcotraficantes han sido procesados por la Audiencia Nacional en relación con este caso

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La tienda en la que trabajaba Fernando Caldas la regentaba Rosa Charlín, esposa de Jorge Juan Durán Piñeiro, por aquel entonces en prisión, y a quien la policía consideraba responsable de una importante banda de narcotraficantes, para la que trabajaría el propio Fernando. Es más, los investigadores tienen constancia de que, dos días antes de su desaparición, el joven se desplazó a Alicante con otros miembros de la organización para realizar una transacción de 10 kilos de cocaína por valor de 300.000 euros.

El día de su desaparición, Fernando dijo a sus padres que se acercaba a Santiago a comprar unos teléfonos. Según la hipótesis policial, en vez de ello se dirigió a un piso de la banda en Bertamiráns, con intención de cobrar su parte del negocio de coca de Alicante, pero no encontró dinero sino la muerte. Según parece, el capo Jorge Juan Durán estaba disgustado con él porque derrochaba dinero sin freno, poniendo con ello en riesgo a toda la organización, y porque incumplía algunas órdenes, por lo que ordenó a sus secuaces, desde la prisión de A Lama, que le hiciesen desaparecer.

“Va a joder la gallina de los huevos de oro”

La carta con las órdenes de Durán contiene frases muy clarificadoras: “Estoy muy preocupado por lo que Cal está haciendo. Tenemos la gallina de los huevos de oro y la va a joder. Tal y como va Cal, no llegáis a la Navidad”.

Fernando Caldas fue introducido a la fuerza en el maletero de un coche, desde el que consiguió enviar un SMS de auxilio a quien consideraba su amigo Juan Marcos Vigo, también miembro de la banda, quien no hizo sino avisar a sus compinches de que el joven llevaba encima un teléfono móvil. Luego, Juan Marcos pasó por el piso de Fernando, se llevó objetos comprometedores, droga y dinero y, por último, avisó a los padres de la víctima diciéndoles que había recibido un extraño mensaje y que su hijo podía haber sido secuestrado. La hermana de la víctima también recibió un mensaje idéntico: “Me están secuestrando. Me llevan, me meten en un Audi A3 blanco”

Bajo el pilar de un puente en construcción

Mientras los padres ponían una denuncia en comisaría, Fernando Caldas era asesinado e introducido, supuestamente, en cal viva, y luego enterrado bajo el pilar de un puente en construcción de la autovía Santiago-Brión. Luego, hicieron desaparecer el coche de la víctima y cualquier tipo de rastro que pudiese relacionarles con Fernando. Su cuerpo nunca aparecerá, a pesar del trabajo de expertos policiales enviados desde Madrid. Sus cuentas bancarias no volvieron a experimentar movimientos y nunca nadie pidió rescate. Se le buscó, sin éxito, por montes, ríos y vertederos.

En diciembre de 2004, la Unidad contra la Droga de la Policía desarticulaba la organización delictiva, arrestaba a seis personas y encontraba, en los registros domiciliarios, algunas pertenencias de Fernando Caldas, por lo que ataron cabos. El 26 de mayo de 2010, el juez de la Audiencia Nacional Eloy Velasco dictaba auto de procesamiento por asesinato, encubrimiento y tráfico de drogas contra 10 miembros del Clan de los Charlines en relación con la desaparición de Caldas y las actividades de narcotráfico y lavado de dinero del grupo. En juez sostenía en el auto que Caldas fue asesinado, y su cadáver quemado con cal viva y los restos enterrados en un lugar desconocido.

La familia sigue llamando la atención sobre los interrogantes abiertos: cómo, cuándo y dónde desapareció Fernando; quién le retuvo y dónde descansan sus restos. Sólo les queda la esperanza de ver entre rejas a los asesinos de su hijo.

José Manuel Gabriel