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El beso de doña Sofía a su esposo el día de la calurosa bienvenida en Zarzuela a los reyes de Holanda confirma su unión "en la dificultad para encarar todo cuanto sucede"

A pesar de sus diferencias, el Rey y la Reina se unen en momentos de dificultad

Septiembre 22, 2013
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Al final todo quedó en agua de borrajas y la rueda de prensa, sin duda alguna excepcional, de Rafael Spottorno, jefe de la Casa del Rey, apaciguó los ánimos después de la agitada mañana del viernes pasado en la que los teléfonos echaban humo lanzando rumores de toda suerte sobre la salud y el futuro de don Juan Carlos. Se hablaba de cáncer, de gravedad extrema, y de trasladarlo a la Clínica Mayo del estado norteamericano de Minnesotta, allí mismo donde terminó sus días ese gran amigo suyo que fue el rey Hussein de Jordania. Los partidarios de la abdicación ya se frotaban las manos, los enemigos de la princesa de Asturias rechinaban los dientes, y se hablaba sin ambages de una regencia en la persona de don Felipe. Un trámite en realidad sencillo contemplado en el artículo 59.2 de la Constitución, que solamente requiere de una notificación por parte de la Casa Real al presidente del Congreso que se vería obligado a convocar a las cámaras, el Congreso y el Senado, tras cuya anuencia el regente entraría en funciones de forma inmediata. Pero como ya venimos reiterando en esta misma columna desde hace meses, el rey no tiene la menor intención de abdicar y así nos lo confirma uno de sus amigos de siempre que, además, enfatiza los grandes esfuerzos de don Juan Carlos en su día a día por su compleja y dolorosa recuperación física: “horas y horas de esfuerzos”. El rey está mayor, amén de que como ya nos comentaba hace dos años ese otro amigo portugués que fue el conde de Povoa, su sordera es más que notable y a momentos le hace parecer como ausente, como aislado. Pero no por ello piensa abdicar.

Las regencias, algo habitual

Pero está bien que los reyes mueran en el cargo y las regencias, si es que han de llegar, han sido algo habitual a lo largo de la historia pues bástenos recordar la larga regencia de aquel mujeriego príncipe de Gales hijo del rey loco Jorge III de Inglaterra, o la del príncipe de Beira hijo de aquella otra loca egregia que fue la reina María I de Portugal. Además sería tiempo de que un rey falleciese de forma tranquila en el trono de España, pues sorprendentemente eso no ha sucedido desde los lejanos tiempos de Carlos III, a fines del siglo XVIII, dado que la muertes de Fernando VII y de Alfonso XII se produjeron en tensas circunstancias, por no hablar de los otros soberanos que fallecieron en el exilio. Por otra parte, el beso de doña Sofía a su esposo el día de la calurosa bienvenida en Zarzuela a los reyes Guillermo Alejandro y Máxima de Holanda, también confirma lo que semanas atrás ya nos contaba una pariente de don Juan Carlos: “el rey y la reina han decidido dejar atrás muchas cosas, y ahora se han unido en la dificultad para encarar todo cuanto sucede”. Reyes y príncipes envejecen (Carlos de Inglaterra acaba de convertirse en el príncipe de Gales de mayor edad de la historia británica), y no por eso se convierten en trapos viejos a desechar en una cultura que se desprende de sus mayores.

En el entorno familiar de doña Sofia eso es ya más que patente, pues en estos días la reina Ana de Rumania, esposa de ese primo hermano de nuestra reina que es el rey Miguel, alcanza los 90 años con una salud muy quebradiza pero convertida en figura simbólica, y también nos cuentan que el duque de Aosta, otro primo hermano de doña Sofía, se enfrenta a un cáncer grave que hace albergar pocas esperanzas. ¿Será acaso por eso, porque el tiempo pasa, que doña Sofía, siempre tan parca en sus apariciones públicas, ha decidido participar en un documental que pronto verá la luz en Grecia sobre la vida de su admirado padre el rey Pablo? Un documento que despertará un gran interés por reivindicar la imagen del penúltimo rey de Grecia, en el que también han dado su testimonio sus hijos el rey Constantino y la princesa Irene.

Boda en Luxemburgo

Por tanto las noticias de la casa real de España, que en estos días han copado todos los foros, han relegado a un segundo plano la boda religiosa del príncipe Félix de Luxemburgo con Claire Lademacher, que tras su matrimonio civil del pasado martes el sábado se casaban religiosamente en la iglesia francesa de Saint Maximim La Sainte Baume. Una boda de sencilla pero de novios guapos en la que la novia, con un vestido espectacular y una hermosa tiara de diamantes de la familia gran ducal de Luxemburgo, ha opacado a su nueva cuñada la gran duquesa heredera Estefanía. Allí pudimos ver a un ya muy anciano gran duque Juan de Luxemburgo ahora convertido en todo un símbolo de otros tiempos, pero la asistencia de los miembros de la realeza europea fue sorprendentemente escasa pues allí sólo estaban el príncipe Laurent de Bélgica en solitario, los tres hijos mayores de la princesa Astrid de Bélgica, y un singular contingente monegasco con Andrea Casiraghi, su hermano Pierre, y la novia de éste Beatrice Borromeo. Una ceremonia sencilla y de escasas pretensiones, muy acorde con estos tiempos en los que parece que los grandes fastos son ya parte de un pasado que difícilmente volverá.  

Ricardo Mateos