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Su historia de amor y desamor con Gonzalo Miró sigue más que vigente

A Eugenia Martínez de Irujo le vuelve a sonreír el corazón

Octubre 28, 2007

Los ojos de Eugenia Martínez de Irujo conservan esa mirada soñadora de cuando empezó a palpitar por un atractivo Gonzalo Miró que, diez años después, anda reponiéndose de la muerte de su madre con la que se sentía tan unido como identificado.

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Gonzalo pena su desconsuelo, reavivado por los homenajes en el décimo aniversario de su adiós, no sólo en los hombros de sus amigos íntimos, que forman un círculo impenetrable y asombrosamente fiel, sino también junto a la Duquesa de Montoro, con la que hace algunas semanas retomó el contacto, tras varios meses de incomunicación y desinterés.
Todavía no se puede hablar de reconciliación, si acaso de acercamientos avivadores de sentimientos y pasiones. Es como regresar a los primeros días cuando se conocieron por primera vez. Y ahora, Eugenia prefiere vivir esta segunda oportunidad lejos de miradas ajenas. Sin cometer los errores del pasado. Por el momento, ambos andan con pies de plomo, a la espera de los dictámenes que les hace el corazón. El tiempo decidirá si lo suyo es sólo un espejismo transitorio o un sentimiento real. Eso sí, la felicidad de Martínez de Irujo se nota, incluso, en su tono de voz.
Eugenia ha aprendido a guardar las apariencias. Es una mujer tan sencilla como cautivadora, pese a que su incurable timidez le dota de un misticismo, en ocasiones aborrecedor. Intenta mantener intacta la rebeldía –quizás pasotismo- que le caracterizó en sus tiempos de lejana adolescencia cuando renegaba de sus nobles orígenes. Se sentía rara, diferente y desplazada.

Sola entre la multitud

No sólo despistaba a los guardaespaldas que le seguían cautelosamente hasta su llegada al colegio, sino que de vez en cuando se montaba en el mismo autobús que sus compañeros y deambulaba por las calles intentando conocerse. Más de una vez dio en las narices al chófer que le esperaba en la consejería de la escuela, marchándose por otra puerta.
Eugenia sufría el mal de sentirse sola rodeada de multitud de personas. Y aunque eso le pasaba factura a la hora de relacionarse, su eterna sonrisa rompía corazones a diestro y siniestro. Sin duda alguna, su primer amor fue decisivo en la frontera entre niñez y adolescencia. Los que vivieron aquellos momentos cuentan que se engalanaba, cual princesa de cuento, para más tarde negar que lo hiciera por amor. ¡Ay aquel joven de aspecto aniñado que le hizo saborear las mieles del querer!

Por Saúl Ortiz